martes, 8 de enero de 2013

PARODIA


Escribía un poema — sobre Nefertiti,
cuya sombra de ojos — es la luz del sol.
Estaba elogiando — sus pechos desnudos,
pirámides blancas — de Tutankamón,
cuando vio el perfil — del viejo enemigo:
el ángel del arte, — semejante a Dios.
Y entonces el tiempo, — temporal de odios,
mira, lanza, estrella — su plomo reloj.
La arena se esparce: — su caligrafía
(de quien nunca aprende — muy bien la lección),
escribe en desiertos, — que abre y cierra el viento,
versos de despecho, —rimas de dolor,
y entierra palabras — en mudos sarcófagos,
momias de memorias, — memorias de amor.

Ay, el pobre tiempo, — imposible amante:
¡¿belleza del mundo?!     — ¡Le es fugaz fulgor!,
¡¿Y el arte orgulloso?! — ¡Lo desdeña y ama!
¡Tuvo en sus primicias — tan dulce sabor...!
Ha visto a los hombres, — ni sabios ni viejos,
y sabe que el arte — no es sólo creador:
muestra su belleza, — y nos llena de ansias
eternas y ardientes, — ¡y nos dice adiós!
Pero el tiempo eterno, — más sabio y más viejo,
ha vivido historias — (¡instantes le son!),
en que parecía — fuera de sí mismo,
y otras veces era — torbellino atroz.
Y su amor al arte, — que pensaba eterno,
sólo fue en sus manos — pétalo de flor,
que un sol de verano — marchitó en sus dedos
dejando el perfume — en su corazón.
Pasa el arte, y queda — ceniza en la aurora:
aurora que miran — sólo el tiempo y Dios.

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