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martes, 22 de octubre de 2019

EN BUSCA DE "EL GRAN MAULNES", EN BUSCA DE ALAIN-FOURNIER

Quien no haya leído El gran Maulnes de Alain-Fournier no puede hacerse una idea de cómo la realidad imita al arte. Habíamos partido de Bourges con un cielo totalmente despejado, un día azul y soleado. Pero según nos íbamos adentrando en la región boscosa cercana a La Chapelle d’Angillon, veíamos a lo lejos, al fondo de la carretera larga y recta, sobre la lejanía frondosa, una gran nube blanca y misteriosa. Al adentrarnos en ella, se convirtió en una niebla mágica e invernal, tal como si hubiéramos penetrado en otro reino y en otro tiempo. Poco a poco la niebla se fue tornando menos densa hasta deshacerse. De ambas orillas de la carretera partían de vez en cuando caminos blancos que luego a su vez se multiplicaban perpendicularmente en las entrañas del bosque interminable. Así es, y así se describe en la novela. ¿Cómo encontrar en ese inmenso bosque laberíntico el dominio fantástico en cuya mansión se celebra esa fiesta, mezcla de sueño y realidad, donde sin duda uno se enamoraría de Yvonne de Galais?



La casa natal de Alain-Fournier se encuentra a las afueras de La Chapelle d’Angillon, en una breve hilera de viviendas paralela a la carretera. No se puede visitar, aún es propiedad privada de la familia del escritor, que sigue habitándola. Es una casa típica francesa con una primera planta cubierta por un pronunciado tejado de pizarra negra. Seis ventanas amplias se abren en la fachada ocre del primer piso, y en la planta baja se cuentan dos puertas centrales y dos ventanas laterales. Un gran portalón abierto a la izquierda da a un generoso patio interior.

El pueblo es pequeño. Pero cuenta al menos con un restaurante abierto, Le Chêne Vert, donde tomamos algo en amena conversación con el dueño, pues somos los únicos parroquianos.


Visitamos luego a las afueras el castillo de Béthune, un respetable château con varios torreones cubiertos con chapiteles de pizarra. Dos grandes mastines, echados sobre el césped a la sombra de un gigantesco abeto, vigilan sin demasiado entusiasmo el patio exterior. 



 El encargado de las visitas es un hombre pelirrojo, con alguna discapacidad en un ojo; nos proporciona las entradas (con una cierta rebaja) y nos conduce pacientemente por las distintas dependencias visitables. Sólo nosotros dos formamos el grupo de visitantes. 

El sitio intenta ser un museo privado que, al mismo tiempo que homenajea a Alain-Fournier y a su amigo Jacques Rivière (quien acabaría siendo su cuñado), muestra el mobiliario y las pretensiones de una antigua y noble familia con château























Las habitaciones están abigarradas de objetos curiosos y de época, de cuadros y cerámicas, de fotografías del joven Henri Alban Fournier —verdadero nombre de Alain—, de Jacques y de otros escritores y artistas de la época. Por algunos de los salones nos deslizamos sobre unas enormes pantuflas con las cuales evitamos rayar el suelo de madera pulida al mismo tiempo que le sacamos brillo. 




Por algunas ventanas de cristal hialino de las habitaciones más nobles, se ve el lago y más allá el bosque que bordea una de los laterales de la mansión. 



En una sala, nuestro guía hace sentarse a Rosa al piano: toca sus teclas y suena una vieja canción; el instrumento dispone de cartones programados con piezas musicales diversas, tales como esos tradicionales organillos de palanca que hemos visto en las fiestas castizas de Madrid.


Antes de despedirnos de nuestro amable guía, éste nos dice que esperemos, que nos quiere ofrecer una pequeña sorpresa: un par de pósteres, cuyo detalle agradecemos de verdad. 



En el patio interior del château, bajo la amplia arcada de una de las alas del edificio, unas cuantas personas trabajan con distintos objetos, seguramente en un proceso de restauración. Nuestro guía nos conduce hacia ellas y la más distinguida, un hombre más o menos de nuestra edad, se acerca a saludarnos y nos agradece la visita y la contribución al mantenimiento y propósito museístico del lugar. Nosotros también le mostramos nuestro reconocimiento por permitirnos visitar su castillo y por honrar a quienes contribuyen a la gloria literaria europea.

Alain-Fournier murió a finales de septiembre de 1914 en acción de guerra, en Les Éparges, muy cerca de Verdún. Contaba 27 años. Un año antes había publicado El gran Maulnes. En 1991 se descubrió su cuerpo enterrado en una fosa común junto a soldados alemanes.
***

lunes, 7 de octubre de 2019

FLAUBERT: VISITA AL PABELLÓN DE CROISSET

24 de julio de 2011, domingo

Abandonamos Mont Saint-Michel, dejamos que se lo sigan disputando bretones y normandos. Quedamos para otro viaje la visita al cercano Cabourg (la Balbec de En busca del tiempo perdido). Ahora vamos en busca de Gustave Flaubert, a Croisset. 

Gustave Flaubert, normando
La parada en Brionne, en el Valle del Risle, nos dice que ya no estamos en Bretaña: el pueblo está algo descuidado, sin apenas flores, con cierta suciedad en las calles y hasta la gente parece más brusca. Hay un mercado donde todo se mezcla, la carne con la ropa, las ostras con las verduras... Y entre el gentío nos quedamos sorprendidos: ¡reconocemos el bigote de Flaubert, y aun su fisonomía, en bastantes parroquianos! Resulta que la imagen estereotipada de los normandos es verdadera. Gustave sigue aquí entre sus paisanos.

El paisaje se va haciendo llano, arisco, mesetario, muy castellano a veces.

Croisset llegamos a la hora de comer francesa. Actualmente es un barrio industrial al oeste de Ruán, y lo único que encontramos para matar el hambre es un búrguer. Logramos luego divisar la pequeña torre de una iglesia y hallamos cerca un bar-restaurante que se llama Le Flaubert; «ya descubrimos las primeras huellas que ha dejado nuestro escritor, no andará muy lejos», pensamos. Esto lo confirma el hecho de que también hemos llegado a la Quai Gustave Flaubert. Pero al cabo del rato, eso es todo cuanto nos indica que este lugar estuvo vinculado al autor de Madame Bovary.

Recorremos la avenida paralela al Sena —una carreterilla flanqueada en parte por una fila de arbolillos, bastante raquíticos para ser franceses— donde se supone que estuvo la casa de Gustave y no encontramos nada. Esta avenida se alarga entre la ladera abrupta de un monte de tierra blanca y el río. Sólo vemos alguna casa que pudiera ser al menos decimonónica, una de ellas una mansión bastante impresionante, pero nada que indique que pueda ser la que buscamos. Entre las casas de vez en cuando surge algún feo almacén, como uno que guarda un montón de camiones cisterna. A los pies del monte, se abren en la tierra blanca algunas oscuras cuevas. A la otra orilla del ancho Sena —como buen río francés— se divisan industrias humeantes y más almacenes y naves con fábricas y grúas portuarias. Preguntamos, pero las dos o tres personas con las que conseguimos topar ponen cara de no saber de qué estamos hablando. Andamos y desandamos la avenida y nada. Luego una pareja de ancianos nos manda otra vez en dirección al restaurante; creemos que Flaubert les suena por el nombre del local. Estamos dando vueltas a lo tonto. Parece que el viejo oso normando no es profeta en su tierra. Y eso que, en los últimos años de vida del novelista, cuando los barcos de pasajeros pasaban ante la casa del ermitaño de Croisset se la señalaba como una atracción turística. 

Al fin, un joven nos indica que sí, que hay un bapellón-museo Flaubert siguiendo la acera de nuevo en dirección contraria. Lo habíamos pasado antes y no habíamos visto la placa de chapa oscura que lo identifica, en la pared exterior del pequeño pabellón, bajo los dos ventanales con contraventanas azules que miran al Sena. Y sobre estos, en el centro, bajo el saliente del tejadillo, un alto y pequeño cartel difícil de leer, pero que reproduce palabras de su antiguo dueño sobre la antigua casa:


«J’ai quelque part une maison blanche... J’ai laissé le mur tapissé de roses et le pavillon au bord de l’eau. Un chèvrefeuille pousse sur le balcon de fer. A une heure du matin, en juillet, par le clair de lune. Il y fait bon venir voir pêcher.... Gustave Flaubert»

La cancela de la puerta está abierta y penetramos en un jardín. Hay una casita a la derecha, con tejados salientes a dos aguas de un color rojizo desvaído ya en gris, rotos por dos ventanas abuhardilladas también con tejadillo circunflejo, al igual que el de la puerta de entrada que está bajo ellos. En su pared frontal la casita se asoma al río por un pequeño balconcillo de madera y, bajo éste, por una amplia ventana acristalada de medio punto. Una chica joven de aire tímido es la guía del museo. Pero esta casa, que habíamos creído la maison del escritor, es en realidad el refugio del guarda; la casa de Flaubert fue derruida y no queda nada de ella salvo el pabellón de lectura, que es lo que visitaremos. Se trata de la estancia donde Flaubert leía en voz alta el fruto de su escritura, para comprobar su eufonía y su ritmo. Ahí debió de leer, en 1849, La tentación de San Antonio a sus amigos Maxime Du Camp y Louis Bouilhet, durante varias largas jornadas, y ahí le sugerirían éstos que renunciase a La tentación y apostase, por ejemplo, por novelar el caso Delamare, de donde trascendería Madame Bovary.


El jardín se extiende sobre dos bancales; cada parterre está separado por un seto en demasía abigarrado de hierbas y flores, y ambos se comunican por una escalera central de unos pocos peldaños. El nivel superior frena la caída de la ladera del monte con una fila de árboles ante el muro de fondo; y otros árboles cobijan con su sombra algunos bancos dispersos, como en el nivel inferior cubierto de césped.

El pabellón es pequeño, una sola estancia cuadrada. A través de los dos ventanales frente a la puerta de entrada se observa cómo fluye el Sena y sobre el Sena los barcos, y se ve cómo el paso del tiempo ha hecho mella en la otra orilla, cambiando el paisaje bucólico que siempre imaginamos por almacenes e industrias. Flaubert se bañaba muchas mañanas en el río; hoy no creo que se atreviera. Otros ventanales a la izquierda miran al jardín y a la casita del guarda. Sobre la pared derecha, entre otras cosas, cuelga un cuadro de lo que fue la maison de tejados azules de Croisset (donde a su izquierda se adivina el pabellón superviviente) y, al imaginarlo, uno vierte el pasado sobre el presente como azúcar en el café. A su lado, también desde otro marco, Flaubert en persona parece mirarnos como intrusos con la cierta mala leche que le da su bigote normando. Las paredes libres de vanos, también apoyan alguna librería y estanterías en madera de roble con libros, bustos y estatuillas, y unas vitrinas con objetos de Flaubert o vinculados a él: manuscritos, varios utensilios cotidianos como su pipa, ceniceros, y alguno curioso como una rana o sapo de bronce que no sabría uno discernir si es pisapapeles o tintero. El centro de la habitación está presidida por la mesa de trabajo circular y su sillón, al parecer el mismo en que se sentaba nuestro escritor para hacer sus correcciones después de haber leído sus textos en voz alta dando vueltas por el pequeño habitáculo. En un libro de visitas sobre la mesa, dejo unas palabras escritas con la misma emoción que si supiera que Flaubert las leería en viva voz, corrigiéndolas tal vez.


Luego, cuando ya había abandonado Croisset, caeré en la cuenta de que no había visto el loro, el loro embalsamado de Flaubert. Y lo siento como un pecado por omisión. Rosa, en cambio, más observadora que su marido, sí que se había percatado. ¡Hay que estar al loro!

Vista del Sena desde el pabellón de Flaubert en Croisset

sábado, 5 de octubre de 2019

VICTOR HUGO: CASA NATAL

CASA NATAL DE VICTOR HUGO EN BESANZÓN 
MAISON NATAL DE VICTOR HUGO (BESANÇON)

Besanzón, en la época del nacimiento de Victor Hugo
Decidimos parar —por segunda vez— en Besanzón (Besançon) para ver la fortaleza y la casa natal de Victor Hugo, pendientes de la última visita. La divisa oficial del lugar es Utinam, que traducen los franceses como «Plût à Dieu». 

Porque sí, en esta apartada ciudad provinciana, tan lejana del gran París, nació el gran Victor Hugo: «Alors dans Besançon, vieille ville espagnole […] Cet enfant que la vie effaçait de son livre, / Et qui n'avait pas même un lendemain à vivre, / C'est moi.», al decir del propio escritor.

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Victor Hugo, en su vejez

Los accesos al casco histórico de la ciudad -una península circundada por el meandro del Doubsestaban en obras, las calles levantadas como en una revolución, cortadas unas, partidas otras, cerradas las más, desvíos y más desvíos que dificultaban el dirigirse a lugares concretos. Cruzamos un puente. Las calles no estaban ya tan solitarias como entonces, pero la urbe aún presenta esa decorosa, impersonal e indiferente decadencia tan característica de algunas ciudades francesas, donde los relojes se han quedado sin cuerda, con el tinte de la grisura especial, ocre y azulada, que le confiere la piedra calcárea de Chailluz.


Besanzón guarda restos romanos, entre ellos, en un recoleto y escondido parquecillo, las ruinas de un teatro romano; la Porte Noire, un arco del Triunfo romano (erigido en tiempos de Marco Aurelio) que abre la puerta a la apática catedral neoclásica de Saint-Jean (aunque se levantara primeramente como románica en el siglo XII sobre una construcción carolingia del IX). El templo no es gran cosa, pero al menos cuenta con dos órganos, un gran reloj astronómico y el altar circular de mármol blanco con la Rosa de San Juan (el monograma de Cristo con la inscripción, en latín, “Este signo da al pueblo el Reino de los Cielos”).


En aquella primera visita no nos habíamos percatado de la casa Baratte, que así llamaban, por su muy antiguo propietario, al edificio donde naciera el autor de Los miserables. La maison natal de Victor Hugo, sita en la pequeña plaza que lleva hoy día su nombre, está a tiro de piedra y cuesta abajo de la catedral, y vecina de las ruinas románticas del teatro romano. 

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En la fachada grisácea, la puerta está flanqueada por dos amplios portalones arqueados. Sobre esa planta baja se alzan dos plantas simétricas, con tres altas ventanas en cada una; y sobre ellas un techo abuhardillado, de teja plana roja, con las chimeneas proyectándose hacia el cielo. Un edificio muy, muy francés.  


En la recepción nos atendieron muy amablemente, eso sí lo recuerdo bien; se nota que estaban encantados de recibir visitantes. Quizá porque no eran demasiados. Nos entregaron un folleto en español (algo raro en Francia), “Deje que le hable de Victor Hugo”; aún lo conservo, con el cariño con el que resguardamos los momentos gratos. El breve folleto contiene información bien seleccionada, interesante y con muchas fotografías e imágenes ilustrativas (algunas de las cuales reproduzco aquí). Este folleto, él solo, merecía más la pena que la mayoría de los paneles informativos que rellenan la vivienda. Porque podríamos decir que la casa está, Victor Hugo no. 




No obstante, es meritorio el esfuerzo dedicado a recobrar la figura de este hijo ilustre: había también grabados, cuadros, libros… que bien merecían detenerse ante ellos. Recorrimos la exposición casi solitarios. 




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La vivienda, tal como está montada en su interior, no revive a su personaje a principios del siglo XIX; pero, a pesar de todo, sí despierta la curiosidad por aquel que nació en este lugar. Bien es cierto que reproduce la antigua farmacia Baratte que existía ya en el siglo XVIII en la planta baja, y que alguna habitación guarda algo del mobiliario decimonónico y el dieciochesco papel pintado de las paredes. Pero casi todo se plantea como un centro de esos de interpretación, donde lo que acabas de interpretar es que cualquier parecido con lo que fue la casa del escritor es pura coincidencia. Mas en absoluto fue tiempo perdido, a pesar de que cuando visito este tipo de montajes, paneles acá y allá, me descentro totalmente y mi memoria tiende a la confusión y el desvanecimiento. Ahora mismo, al cabo del tiempo, todo se me vuelve difuso. 


Manuscrito de Victor Hugo

Pero hemos de ser comprensivos: si tenemos en cuenta que Hugo solo vivió poco más de un par de meses en esta casa y en esta ciudad, el trabajo empleado en reforzar su inmortalidad no es escaso ni es en balde. El jefe de batallón Léopold Hugo, padre del escritor, fue destinado a la guarnición de Besanzón en el verano de 1801. El tercer hijo de Sophie Trébuchet, Victor, nació aquí el 26 de febrero de 1802. En abril de ese mismo año, su padre fue enviado a Marsella, y con él su familia. Ese niño ya nunca jamás volvería a Besanzón.

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¿Qué podía quedar de natal en la casa? Incluso no estaba muy claro cuál era realmente la casa Baratte, la verdadera casa donde vino al mundo el escritor. Al parecer había otra en otro sector de la localidad, en la plaza Jean Cornet; y también se hablaba del número 14 de la rue des Granges, donde vivía su madrina, la señora Delelée. En 1845, Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, decidió visitar la casa natal de Hugo en Besanzón. Fue conducido allí por la misma señora Delelée (no lo olvidemos, la madrina de Victor): Flaubert describió con claridad el número 140 de la Grand-Rue, este lugar, en esta plaza.


El ayuntamiento colocó en 1880 una placa conmemorativa en la fachada: VICTOR HUGO / 26 FEVRIER 1802. Dos siglos después de esta última fecha, el 26 de febrero de 2002, en el segundo centenario de su nacimiento, se ubicó en el edificio una nueva placa de homenaje con la siguiente inscripción del escritor: «Quiero grandes a los pueblos, quiero libres a los hombres.»





Son muchas las frases célebres de Victor Hugo que me han dado que pensar: «Porque debéis saber que la palabra es un ser vivo», «La poesía es todo lo que hay de íntimo en todo», «Nada es más inminente que lo imposible»; pero hay una cita que me gusta especialmente, tal vez porque carezco de ella: «Casi todo el secreto de las almas grandes está en esta palabra: Perseverancia.»

ESTATUA DE VICTOR HUGO,
 POR JUST BECQUET,
 EN EL PASEO GRANVILLE
Los bisontinos sostienen en alto la memoria del gran escritor y gran hombre dando su nombre a calles y plazas, institutos, erigiéndole estatuas, como la clasicista de Just Becquet en el paseo Granville; o la romántica de Ousmane Sow, en la Explanade des Droits de l’Homme, en 2 rue Mégevand, que lo representa con un reloj en la mano (por algo Besanzón es llamada la capital del Tiempo y posee un Museo del Tiempo, consagrado a su pasado relojero). La Collections Bibliotethèques de Beçanson contiene muchos y curiosos documentos, retratos, caricaturas… de Victor Hugo. Y en el museo de Bellas Artes y Arqueología destaca su busto de bronce, por Auguste Rodin.


Caricatura de Victor Hugo con su libro Historia de un crimen 
(en español en editorial Hermida)

Al cabo de los años, he sabido que Charles Fourier, Pierre Joseph Proudhon y Charles Nodier, Auguste y Louis Lumière, también son hijos de esta ciudad. Si se conserva la casa natal de Nodier, Besanzón bien merecerá una tercera visita. A pesar del impertinente camarero de un restaurante (el Granville, en la misma place Granville donde escruta a sus paisanos, desde su estatua, la mirada de Hugo), que en el primer viaje se negó a cobrarnos la breve comida con tarjeta de crédito, por ser española. Alors dans Besançon, vieille ville espagnole.


28 de julio de 2017, viernes, visita a la maison natal de Victor Hugo

martes, 12 de noviembre de 2013

EN BUSCA DEL TIEMPO DE PROUST. VIAJE A ILLIERS-COMBRAY

VIAJE A ILLIERS–COMBRAY. 26 DE JULIO DE 2011 (DE VUELTA DE BRETAÑA Y NORMANDIA)

Unos veinte kilómetros separan Chartres de Illiers. En el mediodía se suceden las llanuras castellanas de trigo y maíz, o de tierra marrón roturada para el sembrado, con algunas arboledas aisladas de cuando en cuando, así como alguna granja a lo lejos. Es la plaine. No es el paisaje que uno hubiera pintado aproximándose a Combray; siempre nos pierde nuestro imaginario romántico, que tiende a la fronda o al valle verde, al río profundo o anchuroso, al sendero acribillado de luces por los intersticios del bosque.


Al fondo ya se divisa la aguda aguja de la torre de la iglesia de Illiers, la iglesia de Saint-Jacques. La visión de la cercana villa no debe de diferir mucho de aquella que Proust viera cuando se acercaba a Combray; aunque él viajaba por ferrocarril, la línea férrea ha de provenir de la misma dirección, ya que éste es el camino natural desde el no muy lejano París. «Cuando llegábamos allí, la semana anterior a Pascua, era tan sólo la iglesia resumiendo y representando al pueblo entero», escribía Proust. Y aún distante, a la derecha, un poco retirado, creo que se alza un chateau. «Sí, tú ya como don Quijote, viendo castillos donde sólo hay graneros», me espeta Rosa. Es un silo gigantesco.

Illiers-Combray, reza el cartel de entrada. Se fusiona la realidad y la literatura, y, como tantas veces, el lugar de la Mancha acaba nombrándose para que descubramos que la idea es más concreta que la materia, y que su consistencia es más real que la realidad que perciben nuestros sentidos.

Si uno compara el encanto de Illiers con la mayoría de los pueblos franceses, no saldría aquél muy bien parado. No es que sea un pueblo feo —es difícil encontrarlos en Francia, si bien haberlos haylos—, pero aunque aseado y humano como casi todos, no deja de ser un tanto vulgar y discreto. La iglesia, un volumen compacto y mazacotudo, tan diferente de la estilización catedralicia tan habitual en otras localidades, cierra uno de los lados del triángulo que forma la plaza.

«¿Y cómo hablar del ábside de la iglesia de Combray? ¡Era tan tosco, y carecía de tal modo de toda belleza artística y hasta de inspiración religiosa! Por fuera, como el cruce de calles en que se asentaba el ábside estaba más en bajo, su tosco muro se elevaba sobre un basamento de morrillos sin labrar, erizados de guijarros y sin ningún carácter especialmente eclesiástico; las vidrieras parecían estar a demasiada altura, y el conjunto más semejaba muro de cárcel que de iglesia. Y claro que luego, pasado el tiempo, al acordarme de todos los gloriosos ábsides que había visto, no se me ocurrió nunca compararlos con el ábside de Combray. Tan sólo un día, en un recodo de una callejuela de provincia, vi, frente al cruce de tres calles, un muro rudo y sobrealzado, con vidrieras abiertas en lo alto, con el mismo aspecto asimétrico del ábside de Combray, Y entonces no me admiré, como en Chartres o en Reims, de la fuerza con que allí estaba expresado el sentimiento religioso, sino que exclamé sin querer: «¡La iglesia!».


Nos adentramos en la iglesia, la de Saint-Jacques, o la de Saint-Hilare, ya no sabe uno. El interior está oscuro... no parece haber nadie; las vidrieras, pequeñas y “a demasiada altura”, sólo crean una sensación coloreada de velada transparencia que se refleja en los bancos pulidos y barnizados que casi abarrotan toda la nave. Cuando la vista se adapta a la penumbra, descubrimos que bajo el tosco envoltorio de su fábrica está el tesoro del templo: la cubierta. Sobre varias finas vigas de madera decorada se sostiene la techumbre de bóveda de medio cañón —como el casco de un barco invertido— pintada con gran variedad de colores y ornamentada hasta su último centímetro cuadrado. Es difícil en la altura y en la oscuridad —y más para los miopes— adivinar las figuras, las imágenes, pero se percibe una profusión de trazos capaz de agotar un millón de miradas. No recuerdo que en una de las vidrieras, la de la capilla dedicada a la Virgen, se supone que está representado Gilberto el Malo, Gilbert le Mauvais, y escribo se supone, porque esa vidriera es la proustiana del templo de Saint-Hilare, por cuanto que la de Saint-Jacques representa al caballero Florent d’Illiers. Sí recuerdo, en cambio, que en otro cuerpo de esa vidriera se reconoce a Santiago peregrino.

En ese triángulo escaleno de la plaza se concentra una gran parte de la actividad comercial de la villa; no obstante, apenas si se ve tránsito alguno de personas. Desde la terraza del Café de la Place, casi frente a la entrada al templo, mientras estamos tomando una cerveza, observamos el entorno: une coiffure, deux kebab, deux pharmacie-orthopedie, el Hôtel de L’Image, la tienda del Petit Casino, Groupama, Oxígene prêt a porter, deux inmobilieres, el ya abandonado restaurante moracaine Le Sultan, la Maison de Presse, Rema Swiss-Life... Y nada, absolutamente nada, que recuerde no sé si la presencia o la ausencia de Marcel Proust (ni tan siquiera un restaurante Le Proust, como el Le Flaubert de Croisset).

Pero como escribió Hugo Beccacece (redactor de La Nación de Buenos Aires, y proustiano apasionado), tras su visita a Illiers, un sábado de mayo —la journée des aubépines, el día de los espinos blancos— en que la Asociación de Amigos de Proust recuerda a éste anualmente, 

«según Proust, los peregrinajes a los lugares que inspiraron una obra están condenados a la decepción. La revelación que nos depara un libro o una pintura no se halla en el paisaje o en el ser que les sirvió de modelo, tampoco en los cuartos o en el taller donde vivió y trabajó su autor. Las verdades sólo se encuentran en uno mismo, jamás en el espejismo de la realidad: ésa es la enseñanza más profunda de À la recherche du temps perdu. El encanto de Combray, donde transcurre la primera parte de ese libro, sólo se puede recuperar en la novela.»

Es posible regresar a los lugares, pero no a los lugares de nuestra memoria. Nosotros éramos como «esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado», como escribe el mismo Proust al comienzo de su novela.

Un cuarteto de ancianas se baja de un coche, tras aparcar en la plaza. Con paso difícil y vacilante suben pausadamente los escalones de la iglesia; una de ellas está a punto de tropezar en un peldaño y caerse estrepitosamente, pero logra milagrosamente recomponer su equilibrio.

Cuando nos acercamos a un restaurante próximo para comer —que ya es hora—, nos dan con la puerta en las narices, con muestras de verdadera antipatía. La verdad, uno no comprende de dónde sacan el dinero algunos hosteleros franceses, está claro que no se hernian trabajando ni echando horas. Finalmente, después de buscar durante un largo rato por aquí y por allá, hallamos al menos una pizzería, La Toscane, que nos reconcilia de nuevo con la amabilidad francesa.

El encanto de Combray no se recupera en Illiers, pero sí en la maison de tante Léonie, la casa de la tía Elisabeth, donde Marcel y su hermano Robert pasaban las vacaciones de Pascua. Para llegar a ella, nos es necesario preguntar a dos o tres lugareños, aunque estaba ¡al lado mismo del restaurante antipático! Se halla sita en la calle de Santa Hildegarda, junto a una boucherie. No es nada especial en relación a las demás casas de su alrededor; es una vivienda de clase media —clase media francesa— , con un jardincito que hace esquina a su manzana, y con puerta también a la calle trasera, el número 4 de la rue du Docteur Proust —en honor a Adrien, Proust padre.

La casa de la tía Léonie, sede de la Sociedad de Amigos de Marcel Proust y de los Amigos de Combray —actualmente declarada monumento histórico, tal como cuenta el folleto que nos entregan en la peculiar traducción al español (y que es de agradecer, pues nuestra lengua no se tiene aún demasiado en cuenta en la Francia escrita, no así a la hora de ser hablada),

«...fue propiedad de Jules Amiot hasta su muerte en 1912. Su esposa, Elisabeth, fallecida en 1886, fue la hermana del profesor Adrien Proust, padre de Marcel Proust, cuya familia de pequeños comerciantes formaba parte de la iglesia de Illiers desde el siglo XVI (vendedores de candelas y capilleres).
Con su familia, Marcel Proust pasó aquí sus vacaciones desde la infancia hasta el momento en que su primera crisis de asma le impidiera seguir permaneciendo en el campo. No debería volver nunca más a Illiers, después de una última estadía en el mes de septiembre de 1886. Ésta fue dedicada a días de lectura, a paseos por los alrededores de Méséglise y, probablemente, a la escritura, mientras sus padres concluían los trámites de la herencia de su tía Elisabeth Amiot. Los recuerdos, resurgidos por la fuerza de impresiones sensitivas, como el gusto del bizcocho mojado en la taza de tilo, van recreando en La búsqueda del tiempo perdido el mundo de la niñez en Combray de un narrador, llamado Marcel que, con sus recuerdos sensibles, sus experiencias y reflexiones, decide, al final, escribir un libro en el cual cada lector será “el lector de sí mismo”.
La casa fue comprada de nuevo en 1954 por Germaine Amiot y regalada en 1976 a la Sociedad que P. L. Larcher y su esposa habían fundado en 1947. El señor Larcher arregló la casa en conformidad con los textos de Proust. El pequeño salón, la cocina, el comedor conservan su decoración de origen.»


Entramos directamente por la verja al patio —no ha sonado el cascabel—; tras los árboles se abre en medio un parterre ajardinado con diversas plantas ornamentales, y antes una mesa metálica redonda frente a un banco; a la derecha se resguarda un antiguo invernadero, hoy salita de exposiciones y descanso, y a la izquierda un gabinete donde se sacan las entradas y que sirve de tienda de souvenires. Y enfrente la casa, de dos pisos, con las ventanas enmarcadas por azulejos geométricos. «Los ladrillos y los azulejos de media luna de la única avenida del jardincito bordeaban los arriates de pensamientos...»

Además de nosotros, inician la visita un joven con una niña y las cuatro ancianitas que viéramos antes en la plaza. Vamos viendo por libre las distintas habitaciones de la casa, como cohibidos por la sensación del intruso, embozados en la luz suave y apagada que filtra el cielo cada vez más nublado.

Penetramos en el salón comedor, uno de esos salones sombríos en los que es necesario poner un reloj para recordarle al tiempo que no ha de detenerse. La luz se posaba en los muebles de color caoba como una invitada tímida y nosotros nos movíamos como si a cualquier paso pudiéramos romper el aire con total estrépito. El mismo que se habría formado si los platos de cerámica pintada, colgados en la pared de la izquierda, se hubieran desprendido súbitamente de sus colgaduras si por acaso el espejo en que se reflejaban hubiera sido herido por la imagen de un rayo. La chimenea enmarcada de blanco era una amnesia de fuegos. Una mesa con tapete de hilo blanco redondea el centro de la sala.

Pasamos a las otras estancias: a la cocina, blanca y luminosa, con tonos grises claros y azulados, tonos verdes y marrones en los azulejos, con los cacharros esperando a estar dispuestos sobre la cocina de hierro, con la escalerita que sube a la despensa... de donde esperamos ver salir a la cocinera, «Francisca señoreando las fuerzas de la naturaleza». Y el gabinete o “cuarto morisco” del tío Jules Amiot, que intentó convertir en su pequeña Argelia.


Cuando uno sube las escaleras, se imagina los crujidos que anunciarían a Marcel el esperado beso de mamá. Y cuando topamos con las viejecitas visitantes, y éstas sonríen de manera dulce y cómplice, nos parecen las figuras de la tía Léonie o de la abuela.

En la habitación de la tía Leoncia «A un lado de su cama había una cómoda amarilla de madera de limonero, mueble que participaba de las funciones de botiquín y altar; junto a una estatuita de la virgen y una botella de Vichy-Célestins había libros de misa y recetas del médico, todo lo necesario para seguir desde el lecho los oficios religiosos y el régimen, y para que no se pasara la hora de la pepsina ni la de vísperas. Al otro lado de la dama extendíase la ventana, y así tenía la calle a la vista, y podía leer desde la mañana hasta por la noche, para no aburrirse, al modo de los príncipes persas, la crónica diaria, pero inmemorial, de Combray, crónica que luego comentaba con Francisca.» Y un piano en un rincón espera su mano de nieve.

«En el verano, en cambio, cuando volvíamos aún no se había puesto el sol, y mientras estábamos en el cuarto de la tía Leoncia, su luz, que descendía y tocaba la ventana, se paraba entre los cortinones y las abrazaderas, dividida, ramificada, filtrada, incrustando trocitos de oro en la madera del limonero de la cómoda, e iluminada oblicuamente la habitación con la misma delicadeza que toma en el bosque, bajo los árboles.»

Y luego penetramos en el dormitorio de Marcel como en un sancta santorum:

«Esas altas cortinas blancas que ocultaban a las miradas la cama colocada como en el fondo de un santuario; una cantidad de cubrepiés de suave seda esparcidos, de coberturas floreadas, de cubrecamas bordados, de fundas de almohadas de batista, bajo los cuales la cama desaparecía durante el día, como un altar en el mes de María bajo los festones y las flores, y que yo, al atardecer, para poder acostarme, acomodaba con precaución sobre un sillón donde consentían pasar la noche; y al lado de la cama, la trinidad del vaso con dibujos azules, del azucarero similar y de la jarra (siempre vacía desde el día de mi llegada, por la orden de mi tía de que yo la "volcase"...), especie de instrumentos del culto —casi tan sagrados como el precioso licor de azahar, colocado junto a ellos en una ampolla de vidrio— que no me hubiera permitido profanar ni aun utilizar para mi uso personal, como si fuera un cáliz consagrado, que yo apreciaba largamente antes de desvestirme, con el temor de derramarlo por un falso movimiento.»


Y sobre otra mesilla, a la izquierda del aparador de la chimenea donde se encumbra el espejo y se apoya la campana de cristal que contiene el tiempo en el reloj dorado de sobremesa, se yergue la linterna mágica que proyectaba nocturna la imagen de Golo, quien al paso sofrenado de su caballo, «dominado por un atroz designio, salía del bosquecillo triangular que aterciopelaba con su sombrío verdor la falda de una colina e iba adelantándose a saltitos hacia el castillo de Genoveva de Bravante». Y a Pedro la historia de Genoveva le recuerda a su vez su propia infancia, cuando la tía Alberta, su vecina, se la contaba a él mismo, con las correcciones temerosas de su marido Hermógenes, y con la promesa, nunca cumplida, de que un día le dejaría el libro misterioso donde se narraba tan bella y terrible historia, ilustrado con muchos “santos”. Sólo que a mí no me provocaba angustia alguna, sino la promesa de otra vida aventurera y misteriosa.

Subimos luego a la mansarda o desván de madera del piso superior, donde la Sociedad de Amigos muestra una exposición, un tanto caótica, de fotografías y documentos proustianos y de la época.


Después de comprar unos pósters y unas postales, también para un amigo nuestro (uno de esos verdaderos proustianos, proustianos tácitos, íntimos y verdaderos, de esos que no acuden a congresos pero que conocen a Proust más que un congreso o asociación enteros, y que son, sin duda, los lectores que Marcel hubiera deseado para sí), después nos sentamos, antes de despedirnos de la maison, en un banco del pequeño jardín, allí donde

«...algunas noches, cuando estábamos sentados delante de la casa alrededor de la mesa de hierro, cobijados por el viejo castaño, oíamos al extremo del jardín, no el cascabel chillón y profuso que regaba y aturdía a su paso con un ruido ferruginoso, helado e inagotable, a cualquier persona de casa que le pusiera en movimiento al entrar sin llamar, sino el doble tintineo, tímido, oval y dorado de la campanilla, que anunciaba a los de fuera; y en seguida todo el mundo se preguntaba: “Una visita. ¿Quién será?”»


Quizá alguna de las ventanas superiores correspondiera a esa habitación hoy ignorada, donde cuenta el narrador que

«me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a lirio y que estaba aromada, además, por el perfume de un grosellero que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama por la entreabierta ventana. Este cuarto, que estaba destinado a un uso más especial y vulgar, y desde el cual se dominaba durante el día claro hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió de refugio mucho tiempo, sin duda por ser el único donde podía encerrarme con llave, para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto y la voluptuosidad.»

Nos acercamos luego al Pré Catelan, el jardín del tío Amiot, por donde paseamos, bajo un cielo oscurecido, por senderos entre la arboleda y un pequeño riachuelo que conduce a las ruinas de un viejo torreón.


Impelidos por la amenaza de lluvia, retornamos al interior del pueblo y, antes de llegar a la plaza, ya rompe a llover. Y no es una lluvia caduca como es habitual en Francia, sino un diluvio feroz, que estalla sus burbujas sobre las piedras del suelo, y que nos obliga a refugiarnos en el interior de la iglesia. Ahora se comprende la forma de la techumbre del templo: es un arca de Noé invertida, que espera algún día un diluvio como el de esta tarde para volver a mirar al cielo. Permanecemos solos y solitarios, en la penumbra, en el recogimiento, en este detenerse del tiempo en los relojes, confundidos con las infinitas agujas de la lluvia.

Pero esa prisa interior que nos hace llegar tarde a no se sabe dónde, nos impulsa de nuevo -al cabo de no sabemos cuánto tiempo- a proseguir el viaje. Me cubro con la chaqueta de Rosa y voy en busca del coche; mi mujer me esperará en la iglesia para que no se mojen los pósters y las postales que hemos comprado en la casa de la tante Léonie. Deambulo de acá para allá, perdiéndome bajo el diluvio, calándome bajo los tilos que conducen a la estación de tren, dando vueltas casi sobre mí mismo, sin encontrar rastro del coche, imaginando bajo la chaqueta mojada que esta misma lluvia cayó algún día sobre el pequeño Proust y que éste también habría de refugiarse en la iglesia como de nuevo tengo que hacer yo. Rosa, cuando me ve de nuevo y adivina que no he encontrado el automóvil, mira al cielo abovedado. Y salimos los dos hacia el aparcamiento donde dejamos el auto, no más lejos quizá de doscientos metros. Había pasado antes dos veces por allí sin reconocer mi propio vehículo.

El limpiaparabrisas deja entrever otras calles de Illiers, y de nuevo el paseo de la estación de ferrocarril, y luego se aleja de Combray con un hasta otra ocasión, cuando una más atenta lectura de En busca del tiempo perdido despierte de nuevo la necesidad de un tiempo recobrado. Porque pasado el tiempo, sabremos que en Illiers —o al menos en Combray— existe, sí, de verdad, un castillo, «el castillo de Tansonville, donde vivía Gilberte, el primer amor del narrador y, por último, el manoir de Mirougrain, especie de extraño castillejo del siglo XIX, que sirvió de modelo para Montjouvain, la residencia del músico Vinteuil, el arquetipo del gran compositor.» También descubriremos que paseamos por el Pré Catelan bajo el efecto de unos pérfidos encantadores que nos ocultaron la visión de un «palomar pintado de un color rojizo, que recordaba construcciones árabes», así como «un pabellón de verano octogonal, la Casa de los Arqueros»... ¿O quizá no llegamos a pasear por el sendero de espinos blancos, o rosados? Proust llamó a los espinos arbusto católico y delicioso. ¡Los espinos blancos -o rosados!