"En la nueva sala de sesiones privadas de la Academia, la estatua de Racine ha sido puesta en un rincón y la estatua de Corneille en el centro, detrás del sillón presidencial.
Anteriormente, era Racine quien estaba en el centro, y Corneille en el rincón. Se ha dado un paso. Una demolición más, una reconstrucción más, un paso más, y será Molière quien ocupará el lugar de honor."
Victor Hugo, Choses vues, 1º de diciembre de 1846
Si bien observas, querido lector, he ahí una breve historia de la Filología Moderna, y una más breve aún historia de la literatura clásica francesa. Y he aquí un breve apéndice contemporáneo a ambas.
Pedro Galván, Momentos estelares de textos en el telar, 22 de febrero de 2016
El lenguaje me ha hecho, y yo hago lo que puedo con el lenguaje. Estos son mis poemas, mis crónicas de viajes, mis otros escritos: la vida del lenguaje, el lenguaje de la vida. (Si lo deseas, puedes dejar tus comentarios. Gracias.) Copyright.©
lunes, 22 de febrero de 2016
martes, 12 de noviembre de 2013
EN BUSCA DEL TIEMPO DE PROUST. VIAJE A ILLIERS-COMBRAY
VIAJE A
ILLIERS–COMBRAY. 26 DE JULIO DE 2011 (DE VUELTA DE BRETAÑA Y NORMANDIA)
Unos veinte kilómetros separan Chartres de Illiers. En el mediodía se suceden las llanuras castellanas de trigo
y maíz, o de tierra marrón roturada para el sembrado, con algunas arboledas
aisladas de cuando en cuando, así como alguna granja a lo lejos. Es la plaine.
No es el paisaje que uno hubiera pintado aproximándose a Combray; siempre nos
pierde nuestro imaginario romántico, que tiende a la fronda o al valle verde,
al río profundo o anchuroso, al sendero acribillado de luces por los
intersticios del bosque.
Al fondo ya se divisa la aguda aguja de la torre de la iglesia de Illiers,
la iglesia de Saint-Jacques. La visión de la cercana villa no debe de diferir
mucho de aquella que Proust viera cuando se acercaba a Combray; aunque él
viajaba por ferrocarril, la línea férrea ha de provenir de la misma dirección,
ya que éste es el camino natural desde el no muy lejano París. «Cuando
llegábamos allí, la semana anterior a Pascua, era tan sólo la iglesia
resumiendo y representando al pueblo entero», escribía Proust. Y aún distante,
a la derecha, un poco retirado, creo que se alza un chateau. «Sí,
tú ya como don Quijote, viendo castillos donde sólo hay graneros», me espeta
Rosa. Es un silo gigantesco.
Illiers-Combray, reza el cartel de entrada. Se fusiona la realidad y la literatura, y,
como tantas veces, el lugar de la Mancha acaba nombrándose para que descubramos
que la idea es más concreta que la materia, y que su consistencia es más real
que la realidad que perciben nuestros sentidos.
Si uno compara el encanto de Illiers con la mayoría de los pueblos
franceses, no saldría aquél muy bien parado. No es que sea un pueblo feo —es
difícil encontrarlos en Francia, si bien haberlos
haylos—, pero aunque aseado y humano como casi todos, no deja de ser un
tanto vulgar y discreto. La iglesia, un volumen compacto y mazacotudo, tan
diferente de la estilización catedralicia tan habitual en otras localidades,
cierra uno de los lados del triángulo que forma la plaza.
«¿Y cómo hablar del ábside de la iglesia de
Combray? ¡Era tan tosco, y carecía de tal modo de toda belleza artística y
hasta de inspiración religiosa! Por fuera, como el cruce de calles en que se
asentaba el ábside estaba más en bajo, su tosco muro se elevaba sobre un
basamento de morrillos sin labrar, erizados de guijarros y sin ningún carácter
especialmente eclesiástico; las vidrieras parecían estar a demasiada altura, y
el conjunto más semejaba muro de cárcel que de iglesia. Y claro que luego,
pasado el tiempo, al acordarme de todos los gloriosos ábsides que había visto,
no se me ocurrió nunca compararlos con el ábside de Combray. Tan sólo un día,
en un recodo de una callejuela de provincia, vi, frente al cruce de tres
calles, un muro rudo y sobrealzado, con vidrieras abiertas en lo alto, con el
mismo aspecto asimétrico del ábside de Combray, Y entonces no me admiré, como
en Chartres o en Reims, de la fuerza con que allí estaba expresado el
sentimiento religioso, sino que exclamé sin querer: «¡La iglesia!».
Nos adentramos en la iglesia, la de Saint-Jacques, o la de Saint-Hilare, ya no sabe uno. El interior está oscuro... no parece haber nadie; las vidrieras, pequeñas y “a demasiada altura”, sólo crean una sensación coloreada de velada transparencia que se refleja en los bancos pulidos y barnizados que casi abarrotan toda la nave. Cuando la vista se adapta a la penumbra, descubrimos que bajo el tosco envoltorio de su fábrica está el tesoro del templo: la cubierta. Sobre varias finas vigas de madera decorada se sostiene la techumbre de bóveda de medio cañón —como el casco de un barco invertido— pintada con gran variedad de colores y ornamentada hasta su último centímetro cuadrado. Es difícil en la altura y en la oscuridad —y más para los miopes— adivinar las figuras, las imágenes, pero se percibe una profusión de trazos capaz de agotar un millón de miradas. No recuerdo que en una de las vidrieras, la de la capilla dedicada a la Virgen, se supone que está representado Gilberto el Malo, Gilbert le Mauvais, y escribo se supone, porque esa vidriera es la proustiana del templo de Saint-Hilare, por cuanto que la de Saint-Jacques representa al caballero Florent d’Illiers. Sí recuerdo, en cambio, que en otro cuerpo de esa vidriera se reconoce a Santiago peregrino.
En ese triángulo escaleno de la
plaza se concentra una gran parte de la actividad comercial de la villa; no
obstante, apenas si se ve tránsito alguno de personas. Desde la terraza del
Café de la Place, casi frente a la entrada al templo, mientras estamos tomando una
cerveza, observamos el entorno: une coiffure, deux kebab, deux
pharmacie-orthopedie, el Hôtel de L’Image, la tienda del Petit Casino,
Groupama, Oxígene prêt a porter, deux inmobilieres, el ya abandonado
restaurante moracaine Le Sultan, la Maison de Presse, Rema Swiss-Life... Y
nada, absolutamente nada, que recuerde no sé si la presencia o la ausencia de
Marcel Proust (ni tan siquiera un restaurante Le Proust, como el Le
Flaubert de Croisset).
Pero como escribió Hugo Beccacece
(redactor de La Nación de Buenos Aires, y proustiano apasionado), tras
su visita a Illiers, un sábado de mayo —la journée des aubépines, el día
de los espinos blancos— en que la Asociación de Amigos de Proust recuerda a
éste anualmente,
«según Proust, los peregrinajes a los lugares que inspiraron una obra están condenados a la decepción. La revelación que nos depara un libro o una pintura no se halla en el paisaje o en el ser que les sirvió de modelo, tampoco en los cuartos o en el taller donde vivió y trabajó su autor. Las verdades sólo se encuentran en uno mismo, jamás en el espejismo de la realidad: ésa es la enseñanza más profunda de À la recherche du temps perdu. El encanto de Combray, donde transcurre la primera parte de ese libro, sólo se puede recuperar en la novela.»
«según Proust, los peregrinajes a los lugares que inspiraron una obra están condenados a la decepción. La revelación que nos depara un libro o una pintura no se halla en el paisaje o en el ser que les sirvió de modelo, tampoco en los cuartos o en el taller donde vivió y trabajó su autor. Las verdades sólo se encuentran en uno mismo, jamás en el espejismo de la realidad: ésa es la enseñanza más profunda de À la recherche du temps perdu. El encanto de Combray, donde transcurre la primera parte de ese libro, sólo se puede recuperar en la novela.»
Es posible regresar a los lugares,
pero no a los lugares de nuestra memoria. Nosotros éramos como «esas personas
que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada,
imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado»,
como escribe el mismo Proust al comienzo de su novela.
Un cuarteto de ancianas se baja
de un coche, tras aparcar en la plaza. Con paso difícil y vacilante suben
pausadamente los escalones de la iglesia; una de ellas está a punto de tropezar
en un peldaño y caerse estrepitosamente, pero logra milagrosamente recomponer
su equilibrio.
Cuando nos acercamos a un
restaurante próximo para comer —que ya es hora—, nos dan con la puerta en las
narices, con muestras de verdadera antipatía. La verdad, uno no comprende de
dónde sacan el dinero algunos hosteleros franceses, está claro que no se
hernian trabajando ni echando horas. Finalmente, después de buscar durante un
largo rato por aquí y por allá, hallamos al menos una pizzería, La Toscane, que
nos reconcilia de nuevo con la amabilidad francesa.
El encanto de Combray no se
recupera en Illiers, pero sí en la maison de tante Léonie, la casa de la
tía Elisabeth, donde Marcel y su hermano Robert pasaban las vacaciones de
Pascua. Para llegar a ella, nos es necesario preguntar a dos o tres lugareños,
aunque estaba ¡al lado mismo del restaurante antipático! Se halla sita en la
calle de Santa Hildegarda, junto a una boucherie. No es nada especial en
relación a las demás casas de su alrededor; es una vivienda de clase media
—clase media francesa— , con un jardincito que hace esquina a su manzana, y con
puerta también a la calle trasera, el número 4 de la rue du Docteur Proust —en
honor a Adrien, Proust padre.
La casa de la tía Léonie, sede de
la Sociedad de Amigos de Marcel Proust y
de los Amigos de Combray —actualmente declarada monumento histórico, tal
como cuenta el folleto que nos entregan en la peculiar traducción al español (y
que es de agradecer, pues nuestra lengua no se tiene aún demasiado en cuenta en
la Francia escrita, no así a la hora de ser hablada),
«...fue propiedad de Jules Amiot
hasta su muerte en 1912. Su esposa, Elisabeth, fallecida en 1886, fue la
hermana del profesor Adrien Proust, padre de Marcel Proust, cuya familia de
pequeños comerciantes formaba parte de la iglesia de Illiers desde el siglo XVI
(vendedores de candelas y capilleres).
Con su familia, Marcel Proust
pasó aquí sus vacaciones desde la infancia hasta el momento en que su primera
crisis de asma le impidiera seguir permaneciendo en el campo. No debería volver
nunca más a Illiers, después de una última estadía en el mes de septiembre de
1886. Ésta fue dedicada a días de lectura, a paseos por los alrededores de
Méséglise y, probablemente, a la escritura, mientras sus padres concluían los
trámites de la herencia de su tía Elisabeth Amiot. Los recuerdos, resurgidos
por la fuerza de impresiones sensitivas, como el gusto del bizcocho mojado en
la taza de tilo, van recreando en La búsqueda del tiempo perdido el
mundo de la niñez en Combray de un narrador, llamado Marcel que, con sus
recuerdos sensibles, sus experiencias y reflexiones, decide, al final, escribir
un libro en el cual cada lector será “el lector de sí mismo”.
La casa fue comprada de nuevo en
1954 por Germaine Amiot y regalada en 1976 a la Sociedad que P. L. Larcher y su
esposa habían fundado en 1947. El señor Larcher arregló la casa en conformidad
con los textos de Proust. El pequeño salón, la cocina, el comedor conservan su
decoración de origen.»
Entramos directamente por la
verja al patio —no ha sonado el cascabel—; tras los árboles se abre en medio un
parterre ajardinado con diversas plantas ornamentales, y antes una mesa
metálica redonda frente a un banco; a la derecha se resguarda un antiguo
invernadero, hoy salita de exposiciones y descanso, y a la izquierda un
gabinete donde se sacan las entradas y que sirve de tienda de souvenires.
Y enfrente la casa, de dos pisos, con las ventanas enmarcadas por azulejos
geométricos. «Los ladrillos y los azulejos de media luna de la única avenida
del jardincito bordeaban los arriates de pensamientos...»
Además de nosotros, inician la
visita un joven con una niña y las cuatro ancianitas que viéramos antes en la
plaza. Vamos viendo por libre las distintas habitaciones de la casa, como
cohibidos por la sensación del intruso, embozados en la luz suave y apagada que
filtra el cielo cada vez más nublado.
Penetramos en el salón comedor,
uno de esos salones sombríos en los que es necesario poner un reloj para
recordarle al tiempo que no ha de detenerse. La luz se posaba en los muebles de
color caoba como una invitada tímida y nosotros nos movíamos como si a
cualquier paso pudiéramos romper el aire con total estrépito. El mismo que se
habría formado si los platos de cerámica pintada, colgados en la pared de la
izquierda, se hubieran desprendido súbitamente de sus colgaduras si por acaso
el espejo en que se reflejaban hubiera sido herido por la imagen de un rayo. La
chimenea enmarcada de blanco era una amnesia de fuegos. Una mesa con tapete de
hilo blanco redondea el centro de la sala.
Pasamos a las otras estancias: a
la cocina, blanca y luminosa, con tonos grises claros y azulados, tonos verdes
y marrones en los azulejos, con los cacharros esperando a estar dispuestos
sobre la cocina de hierro, con la escalerita que sube a la despensa... de donde
esperamos ver salir a la cocinera, «Francisca señoreando las fuerzas de la
naturaleza». Y el gabinete o “cuarto morisco” del tío Jules Amiot, que intentó
convertir en su pequeña Argelia.
Cuando uno sube las escaleras, se
imagina los crujidos que anunciarían a Marcel el esperado beso de mamá. Y
cuando topamos con las viejecitas visitantes, y éstas sonríen de manera dulce y
cómplice, nos parecen las figuras de la tía Léonie o de la abuela.
En la habitación de la tía
Leoncia «A un lado de su cama había una cómoda
amarilla de madera de limonero, mueble que participaba de las funciones de
botiquín y altar; junto a una estatuita de la virgen y una botella de
Vichy-Célestins había libros de misa y recetas del médico, todo lo necesario
para seguir desde el lecho los oficios religiosos y el régimen, y para que no
se pasara la hora de la pepsina ni la de vísperas. Al otro lado de la dama
extendíase la ventana, y así tenía la calle a la vista, y podía leer desde la
mañana hasta por la noche, para no aburrirse, al modo de los príncipes persas,
la crónica diaria, pero inmemorial, de Combray, crónica que luego comentaba con
Francisca.» Y un piano en un rincón espera su mano de nieve.
«En el verano, en cambio, cuando volvíamos aún no
se había puesto el sol, y mientras estábamos en el cuarto de la tía Leoncia, su
luz, que descendía y tocaba la ventana, se paraba entre los cortinones y las
abrazaderas, dividida, ramificada, filtrada, incrustando trocitos de oro en la
madera del limonero de la cómoda, e iluminada oblicuamente la habitación con la
misma delicadeza que toma en el bosque, bajo los árboles.»
Y luego penetramos en el dormitorio de Marcel como
en un sancta santorum:
«Esas altas cortinas blancas que ocultaban a las
miradas la cama colocada como en el fondo de un santuario; una cantidad de
cubrepiés de suave seda esparcidos, de coberturas floreadas, de cubrecamas
bordados, de fundas de almohadas de batista, bajo los cuales la cama
desaparecía durante el día, como un altar en el mes de María bajo los festones
y las flores, y que yo, al atardecer, para poder acostarme, acomodaba con
precaución sobre un sillón donde consentían pasar la noche; y al lado de la
cama, la trinidad del vaso con dibujos azules, del azucarero similar y de la
jarra (siempre vacía desde el día de mi llegada, por la orden de mi tía de que
yo la "volcase"...), especie de instrumentos del culto —casi tan
sagrados como el precioso licor de azahar, colocado junto a ellos en una
ampolla de vidrio— que no me hubiera permitido profanar ni aun utilizar para mi
uso personal, como si fuera un cáliz consagrado, que yo apreciaba largamente
antes de desvestirme, con el temor de derramarlo por un falso movimiento.»
Y sobre otra mesilla, a la izquierda del aparador
de la chimenea donde se encumbra el espejo y se apoya la campana de cristal que
contiene el tiempo en el reloj dorado de sobremesa, se yergue la linterna
mágica que proyectaba nocturna la imagen de Golo, quien al paso sofrenado de su
caballo, «dominado por un atroz designio, salía del bosquecillo triangular que
aterciopelaba con su sombrío verdor la falda de una colina e iba adelantándose
a saltitos hacia el castillo de Genoveva de Bravante». Y a Pedro la historia de
Genoveva le recuerda a su vez su propia infancia, cuando la tía Alberta, su
vecina, se la contaba a él mismo, con las correcciones temerosas de su marido
Hermógenes, y con la promesa, nunca cumplida, de que un día le dejaría el libro
misterioso donde se narraba tan bella y terrible historia, ilustrado con muchos
“santos”. Sólo que a mí no me provocaba angustia alguna, sino la promesa de
otra vida aventurera y misteriosa.
Subimos luego a la mansarda o desván de madera del
piso superior, donde la Sociedad de
Amigos muestra una exposición, un tanto caótica, de fotografías y
documentos proustianos y de la época.
Después de comprar unos pósters y unas postales,
también para un amigo nuestro (uno de esos verdaderos proustianos, proustianos
tácitos, íntimos y verdaderos, de esos que no acuden a congresos pero que conocen
a Proust más que un congreso o asociación enteros, y que son, sin duda, los
lectores que Marcel hubiera deseado para sí), después nos sentamos, antes de despedirnos de la maison, en un banco del pequeño jardín, allí donde
«...algunas noches, cuando estábamos sentados delante
de la casa alrededor de la mesa de hierro, cobijados por el viejo castaño,
oíamos al extremo del jardín, no el cascabel chillón y profuso que regaba y
aturdía a su paso con un ruido ferruginoso, helado e inagotable, a cualquier
persona de casa que le pusiera en movimiento al entrar sin llamar, sino el
doble tintineo, tímido, oval y dorado de la campanilla, que anunciaba a los de
fuera; y en seguida todo el mundo se preguntaba: “Una visita. ¿Quién será?”»
Quizá alguna de las ventanas
superiores correspondiera a esa habitación hoy ignorada, donde cuenta el
narrador que
«me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a lirio y que estaba aromada, además, por el perfume de un grosellero que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama por la entreabierta ventana. Este cuarto, que estaba destinado a un uso más especial y vulgar, y desde el cual se dominaba durante el día claro hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió de refugio mucho tiempo, sin duda por ser el único donde podía encerrarme con llave, para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto y la
voluptuosidad.»
Nos acercamos luego al Pré Catelan, el jardín del tío
Amiot, por donde paseamos, bajo un cielo oscurecido, por senderos entre la
arboleda y un pequeño riachuelo que conduce a las ruinas de un viejo torreón.
Impelidos por la amenaza de lluvia, retornamos al
interior del pueblo y, antes de llegar a la plaza, ya rompe a llover. Y no es
una lluvia caduca como es habitual en Francia, sino un diluvio feroz, que
estalla sus burbujas sobre las piedras del suelo, y que nos obliga a
refugiarnos en el interior de la iglesia. Ahora se comprende la forma de la
techumbre del templo: es un arca de Noé invertida, que espera algún día un
diluvio como el de esta tarde para volver a mirar al cielo. Permanecemos solos y solitarios, en la penumbra, en el recogimiento, en este detenerse del
tiempo en los relojes, confundidos con las infinitas agujas de la lluvia.
Pero esa prisa interior que nos hace llegar tarde a no se sabe dónde, nos impulsa de nuevo -al cabo de no
sabemos cuánto tiempo- a proseguir el viaje. Me cubro con la chaqueta de
Rosa y voy en busca del coche; mi mujer me esperará en la iglesia para que no se
mojen los pósters y las postales que hemos comprado en la casa de la tante Léonie. Deambulo de acá para allá, perdiéndome bajo el diluvio, calándome bajo
los tilos que conducen a la estación de tren, dando vueltas casi sobre mí
mismo, sin encontrar rastro del coche, imaginando bajo la chaqueta mojada que
esta misma lluvia cayó algún día sobre el pequeño Proust y que éste también
habría de refugiarse en la iglesia como de nuevo tengo que hacer yo. Rosa,
cuando me ve de nuevo y adivina que no he encontrado el automóvil,
mira al cielo abovedado. Y salimos los dos hacia el aparcamiento donde dejamos el
auto, no más lejos quizá de doscientos metros. Había pasado antes dos veces por
allí sin reconocer mi propio vehículo.
El limpiaparabrisas deja entrever
otras calles de Illiers, y de nuevo el paseo de la estación de ferrocarril, y
luego se aleja de Combray con un hasta otra ocasión, cuando una más
atenta lectura de En busca del tiempo perdido despierte de nuevo la
necesidad de un tiempo recobrado. Porque pasado el tiempo, sabremos que en
Illiers —o al menos en Combray— existe, sí, de verdad, un castillo, «el castillo de
Tansonville, donde vivía Gilberte, el primer amor del narrador y, por último,
el manoir de Mirougrain, especie de extraño castillejo del siglo XIX,
que sirvió de modelo para Montjouvain, la residencia del músico Vinteuil, el
arquetipo del gran compositor.» También descubriremos que paseamos por el Pré Catelan
bajo el efecto de unos pérfidos encantadores que nos ocultaron la visión de un
«palomar pintado de un color rojizo, que recordaba construcciones árabes», así
como «un pabellón de verano octogonal, la Casa de los Arqueros»... ¿O quizá no
llegamos a pasear por el sendero de espinos blancos, o rosados? Proust llamó a los espinos arbusto católico y delicioso. ¡Los espinos blancos -o rosados!
miércoles, 9 de octubre de 2013
EL CAPOTE DEL COPISTA. SOBRE EL CAPOTE DE GOGOL
ENSAYO SOBRE EL
CAPOTE DE GOGOL PARA EL CURSO SOBRE LITERATURA RUSA
EL
CAPOTE DEL COPISTA
Y es que, en
nuestra Rusia, todo está contaminado por la manía de la imitación y cada cual
remeda y copia al superior.
El
lenguaje muerto, el lenguaje que se
copia a sí mismo, condena a Akaki Akákievich Bashmachkin desde su nacimiento,
más aún, desde antes de su concepción, cual si estuviese predestinado. Así su
apellido lo ata al suelo, a lo pedestre, a lo más bajo[2]:
«El funcionario se apellidaba Bashmachkin. Salta a la vista que el tal apellido
tuvo algún día su origen en la palabra basahmk
[zapato], aunque se ignore cuándo, en qué época y de qué modo se produjo la
derivación, ya que tanto el padre como el abuelo y hasta el cuñado de nuestro
personaje, o sea, todos los Bashmachkin, usaban botas, limitándose a echarles
medias suelas dos o tres veces al año.» Igualmente su nombre fue producto inevitable del destino: «De nombre y
patronímico se llamaba Akaki Akákievich. Quizá le parezca al lector un poco
extraño y rebuscado, pero podemos asegurar que no lo es en absoluto y que las
circunstancias concurrieron de tal modo que fue absolutamente imposible
llamarlo de otra manera.» Su madre, después de considerar que todos los nombres
que el santoral le propone son ¡muy raros!,
se rinde a la evidencia: «Nada, está visto que así lo quiere el destino —dijo
la madre—. En ese caso prefiero que se llame como su padre. Akaki es el padre y
Akaki será el hijo.» «Con que así fue como ocurrió todo. Si dejamos constancia
de los hechos es para que el lector pueda ver él mismo que ocurrió por
imperiosa necesidad y fue totalmente imposible llamarlo de otra manera.» Nace,
pues, de esta manera el hombre insignificante,
aquel que ni siquiera tiene nombre propio
ni original.
E igual
que es copia su apellido, igual que lo es su nombre, no podía ser sino copista. El lenguaje muerto le persigue y él lo acepta como
modo de vida, una vida naturalmente muerta. Copiar no es dar vida a un texto,
es simplemente reproducir su cadáver. Es una tarea inerte y, en el fondo, insignificante en sí misma, porque no
aporta más significado que el ya existente en el original. En realidad Akaki
copia letras, no palabras: «Tenía letras predilectas que le enajenaban cuando
aparecían: sonreía, guiñaba los ojos, las modulaba con los labios, de manera
que cualquiera hubiese podido leer en su semblante cada una de las letras
trazadas por su pluma.» Desempeña su trabajo a la perfección; incluso en medio
de las burlas e impertinencias de sus compañeros de oficina «no cometía ni un
error en las copias». Por ello, porque no puede dotar al lenguaje de vida
propia, cuando lo ascienden y se enfrenta a la creatividad, fracasa: «Se trataba de redactar un oficio para otra
instancia a base de un expediente ya terminado. Para ello bastaba con cambiar
el encabezamiento y, en algunos párrafos, pasar los verbos de la primera a la
tercera persona. Pero aquello le costó tanto esfuerzo que, bañado en sudor, al
fin rogó, enjugándose la frente: “No; más vale que me den a copiar algo.” Desde
entonces lo dejaron para siempre de copista.» Pide de nuevo volver a tratar con
el lenguaje muerto, el lenguaje que
es copia de sí mismo, el lenguaje insignificante que él mismo utiliza:
«Es de saber que,
las más de las veces, Akaki Akákievich se expresaba por medio de preposiciones,
adverbios y partículas sin ningún significado. Y cuando se trataba de algún
asunto muy espinoso, tenía por costumbre no terminar siquiera las frases, de
manera que muchas veces empezaba diciendo: “Esto, la verdad, pues
verdaderamente...” Y de ahí no pasaba, olvidado del resto y convencido de que
lo había dicho ya todo.»
Akaki
no ve la vida en torno suyo, no asume el lenguaje de la vida, «aunque mirase
algo, en todo veía los renglones impecables de su esmerada caligrafía». Incluso
se llevaba trabajo a casa, para seguir copiando papeles, «y si no tenía ninguno
pendiente, copiaba algo para él, por puro gusto». Y así un día es siempre copia
del anterior. Días insignificantes para un hombre insignificante, que así,
libre de la carga del lenguaje que vive por sí mismo, puede vivir sin más.
«Después de estar escribiendo a su placer, se acostaba todo eufórico, pensando
en el día siguiente y en lo que Dios quisiera mandarle para copiar.»
![]() |
| Portada de Igor Grabar, de 1880, para El capote |
Pero he
aquí que Penélope no puede eternamente tejer y destejer la misma rutina.
Siempre ha de surgir lo imprevisto, que suele ser lo inevitable. El capote de
Akaki está tan desgastado que ya no le abriga en el crudo invierno. Acude al
sastre Petróvich («hijo de Piotr»), que a su vez copia de sus antepasados la
afición a la bebida, para que le remiende, es decir, le copie, el capote. El
disgusto es mayúsculo cuando éste le informa de que el capote ya no da para más
y habrá de hacerse uno nuevo («al oír la palabra nuevo, a Akaki se le nubló la vista y todo cuanto había en la
habitación empezó a dar vueltas»); ello hará que el lenguaje de Akaki se
aturulle, que su caminar por las calles sea errático, como el copista que se
distrae en la copia de los renglones... Sin embargo, «cuando tuvo una idea clara
y auténtica de su situación, se puso a hablar consigo, pero ya no de manera
deshilvanada, sino juiciosa y razonablemente, como quien conversa con un amigo
prudente con quien se puede tratar de lo más íntimo y personal». Es decir,
cuando Akaki se desdobla, se copia a sí mismo en un doble más sereno, razona
juiciosamente. Pugnan, pues, en su persona el Akaki insignificante con el Akaki significante,
el que le hace pensar que encontrando al sastre borracho éste accederá a
remendarle el capote. Pero es inútil: ni borracho podrá admitir el sastre que
el capote se pueda remendar. Será necesario hacer una copia nueva del capote
(buscarle un doble al capote viejo).
Superada
la depresión inicial, sobreponiéndose a las adversidades, Akaki encuentra en el
capote nuevo la posibilidad de una nueva ilusión, de una nueva razón para vivir:
el doble del capote puede hacer devenir el doble de Akaki.
«A partir de
entonces se hubiera dicho que su existencia adquirió mayor plenitud, algo así
como si se hubiera casado, como si otra persona existiera a su lado [la copia,
el doble], como si no estuviera solo y una amable compañera hubiese accedido a
recorrer junto a él toda la senda de la vida. Y esa supuesta compañía no era ni
más ni menos que el capote de sus sueños, bien acolchado y con el forro fuerte,
intacto. Akaki Akákievich se volvió más animoso y hasta más firme de carácter,
como una persona que se ha trazado ya una meta definida. De su rostro y de sus
actos desaparecieron la duda y la indecisión; en una palabra: todos los rasgos
vacilantes e indeterminados.»
El
capote se convierte en la nueva razón para vivir otra vida más original. Así como el enamorado busca
vivir con una persona que de alguna manera sea su otro yo, su copia, su doble, así
Akaki proyecta su ilusión y su destino en el capote nuevo. Este inédito trastorno
vital casi acaba con su vida anterior —monótona y rutinaria, copiada una y otra
vez—: «Estas divagaciones [las ideas ilusionantes sobre el nuevo capote]
estuvieron a punto de distraerlo en su trabajo. Una vez le faltó tan poco para
cometer un error al copiar un documento, que casi se le escapó un “¡huy!” en
voz alta y se santiguó.» Pero no llega a salirse del renglón.
Y todo
se confabula, como en la verdadera tragedia clásica, para que, irónicamente, el
destino cruel se precipite y se cumpla. El director le asigna veinte rublos más
de lo esperado. Akaki lucirá al fin su impecable capote nuevo. En esa novedad
extraordinaria, los compañeros del departamento burocrático no ven sino un pretexto
para el jolgorio y la fiesta, que se celebrará en cierta casa de un cierto
funcionario en cierto lugar que el narrador no puede precisar porque «la
memoria empieza a fallarnos mucho». Ello obliga a nuestro héroe a recorrer ese
San Petersburgo —ese texto ilegible para Akaki— cuyas calles y casas «se
mezclan y se embrollan en la cabeza, de modo que resulta sumamente difícil
sacar algo en orden de ese caos. De cualquier forma, una cosa hay cierta, desde
luego: el funcionario vivía en la parte mejor de la ciudad, es decir, lejos de
Akaki Akákievich, quien hubo de recorrer primero ciertas calles desiertas y mal
alumbradas». Por esas calles desiertas y mal alumbradas ha de volver nuestro
héroe tras la vacía fiesta que, no obstante, le ha llenado de euforia, todo sea
dicho, con dos copas de champán. ¡Ah, si hubiera bebido una más! Entonces
probablemente el Akaki significante hubiera
corrido detrás de cierta personita y quizá otro gallo hubiera cantado. Pero no,
el destino manda.
«Akaki Akákievich
caminaba eufórico, y hasta hizo intención de echar una carrera detrás de cierta
personita que pasó por su lado como una exhalación con un increíble contoneo de
cada una de las partes de su cuerpo. Claro que Akaki Akákievich se reportó
enseguida y reanudó su pausado caminar, sorprendido él mismo de su inexplicable
repente.»
Si
Akaki se hubiera atrevido a ser un hombre nuevo, no una imitación de sí mismo...
Si el capote nuevo le hubiera servido para enfundarse en una nueva identidad,
en otro doble más fuerte y transgresor... Pero bajo el capote sigue refugiado
el hombre apocado, el copista que se sigue a sí mismo al pie de la letra
—aunque no sin sorprenderse de ese extraño repente—
y que no se atreve a decir no: no a la fiesta de sus compañeros, no a quedarse
un rato más en ella, no a negar su instinto... Si se atreviera a mirar por
dónde va su vida... no hubiera topado (o quién sabe, el destino es el destino)
con ese puño cerrado, con ese hombrón con bigotes que le despoja de su
esperanza, del capote que quizá (sólo quizá) le hubiera (¡vaya, como la capa de
Superman!) conferido fuerzas extraordinarias para vivir una vida superior.
Y la
tragedia se consuma. El héroe es asaltado por las fuerzas oscuras (ese hombre
bigotudo con el gran puño amenazador) y su capa se escapa. En los momentos
supremos de esta tragedia, pareciera que la catarsis también liberara al héroe
de la carga de su destino, porque afloran entonces las fuerzas para luchar
contra él. El Akaki significante increpa
al guardia de la garita, que no ha cumplido con su deber de vigilante. Y cuando
acude al comisario, Akaki «quiso al fin dar prueba de su carácter una vez en la
vida, declaró rotundamente que necesitaba ver al comisario en persona, que
tenían la obligación de dejarlo pasar, que le traía un asunto oficial de su
departamento y que, si presentaba una queja contra ellos, ya verían lo que era
bueno». El lenguaje también, en correspondencia, es significativo.
![]() |
| Akaki según Kukryniksy |
Sin
embargo, el engranaje burocrático tritura a quien cae en su maquinaria. El
comisario, «en vez de fijar su atención en el punto esencial, se puso a
interrogar a Akaki Akákievich —que por qué razón regresaba tan tarde a su
domicilio, que si no habría estado en alguna casa de mal vivir—, hasta el punto
de que nuestro hombre salió de allí abochornado y sin saber si el asunto de su
capote seguiría o no el debido cauce». El culpable no crea el proceso, es el
proceso el que crea el culpable. Kafka, que leyó El capote, lo entendió perfectamente.
Nuestro
funcionario ha de buscar ayuda en otra parte. Y es entonces cuando se le
propone que acuda «a cierto personaje,
ya que el personaje, interviniendo
cerca de alguien por escrito o de palabra, podía hacer que el asunto avanzara
favorablemente». Así alcanzamos la cima de la crítica a la copia, al lenguaje
muerto y a la imitación improductiva que corrompe la vida: «Y es que, en
nuestra Rusia, todo está contaminado por la manía de la imitación y cada cual
remeda y copia al superior.» La crítica se ha hecho nacional, pues; mas no se
quedará ahí, pues tiene un alcance existencial.
El personaje, como señala el narrador, «en
el fondo era un buen hombre, atento y servicial con sus compañeros; pero el
ascenso lo había sacado enteramente de quicio. Equiparado a un general por su
rango, se aturulló, perdió la noción de las cosas y no supo ya cómo
comportarse». El lenguaje del poder vano e imitativo, casi tautológico, pero
efectista, es resumido en las tres frases interrogativas retóricas lanzadas a
los subalternos o a los inferiores: «¿Cómo se atreve usted? ¿Sabe usted con
quién está hablando? ¿Se da cuenta de quién está delante de usted?» El poder se
rodea de tales interrogaciones retóricas como de una muralla ante la cual el
sujeto insignificante queda aislado
en medio de un silencio impotente y sobrecogedor, imposibilitado para la
respuesta. Aunque tras ese bombo retórico no se oculte más que un personaje tras su biombo. A un lenguaje significante se le puede responder,
incluso puede hacerlo el hombre más insignificante, pero ¿cómo hacerlo a un
lenguaje insignificante? Y por lo
demás, muchos son los hombres insignificantes que se han rodeado de lenguajes
insignificantes para que nadie pueda rechistarles, o para que parezca que
esconden significados profundos.
Como un
hombre kafkiano ante la ley, solo, fuera del poder, a la intemperie, el viento
helado de la nevisca —el otro gran personaje
de San Petersburgo— se le echa encima a Akaki, y le roba el capote de la vida. Antes
de morir, el delirio de la fiebre le devuelve y le roba su capote de nuevo, le
hace rogar y blasfemar ante su “Excelencia” el personaje, superponiéndose en la agonía el Akaki copista y el Akaki
transgresor que nunca llegó a ser... que nunca llegó a ser —en vida. Porque
tras la muerte...
![]() |
| Akaki según N. Altman |
Porque
tras la muerte nada hubiera quedado de Akaki ni de sus cosas (respecto a qué
fue de éstas, «confieso que ni aun el narrador de la presente historia se
interesó por saberlo»).
«Se llevaron a
Akaki Akákievich como si nunca hubiera existido. Desapareció y se perdió un ser
a quien nadie amparó nunca, a quien nadie tuvo afecto, por quien nadie se
interesó y que ni siquiera llamó la atención[3]
de uno de esos naturalistas que no pierden oportunidad de ensartar cualquier
mosca común en un alfiler para observarla por el microscopio; un ser que
soportó con resignación las burlas oficinescas y descendió a la tumba sin haber
realizado ningún hecho relevante, pero que, aunque sólo en sus horas postreras,
vio resplandecer su mísera existencia con un rayo de luz en forma de capote; un
ser sobre quien descargó luego la desgracia igual que descarga sobre los reyes
y los soberanos de la tierra...»
¡Pero
he aquí el giro copernicano, rematado con esa última e igualitaria generalización
existencial! Nada hubiera quedado de Akaki ni de su paso por la vida terrenal
si el Akaki transgresor no hubiera vuelto del más allá, si no se hubiera
copiado a sí mismo en su doble: en su fantasma. «Pero, ¿quién habría imaginado
que la historia de Akaki Akákievich no terminaría ahí, sino que, a su muerte,
sucederían unos cuantos días de ruidosa existencia, quizá como compensación de
la que había transcurrido antes tan desapercibida? Sin embargo, así ocurrió y
nuestra pobre historia se encuentra de pronto con un final fantástico.»
Akaki
retorna como un fantasma arrebatacapas, un fantástico superhéroe vengador. Y
naturalmente debía vengarse del causante último de su muerte: del personaje que ya casi teníamos olvidado.
«Pero nos hemos desatendido por completo del personaje que en realidad motivó casi el giro fantástico tomado por
esta historia, rigurosamente veraz, por otra parte.» Ese personaje que tras la muerte del funcionario sintió cierta
compasión y remordimiento por la reprimenda que le había dirigido[4].
Pero que, como la vida sigue, cierta noche decide no volver a casa y sí visitar
a su amante («son cosas que suceden en el mundo y nosotros no tenemos por qué
juzgarlas». ¡Si Akaki hubiera hecho lo mismo la noche infausta, y se hubiera
dejado seducir por aquellos increíbles contoneos...!), y es entonces cuando, siendo
conducido su coche en medio de la nevisca, «el personaje notó que alguien le
echaba la mano al cuello con mucha fuerza. Se volvió y vio, horrorizado, a un
individuo de escasa estatura que vestía un uniforme viejo y raído y en quien
reconoció con espanto a Akaki Akákievich. El funcionario tenía el rostro blanco
como la nieve y parecía enteramente un cadáver». Y el fantasma le arrebata el
capote con estas palabras: «¡Ah, ya te tengo! Por fin..., eso..., te tengo
agarrado por el cuello! Tu capote es lo que necesito. Tú no te interesaste por
el mío y encima me echaste una bronca, ¿verdad? Pues, ¡dame ahora el tuyo!»
![]() |
| Ilustración de N. Altman para El capote |
Satisfecha
su venganza justiciera, el fantasma arrebatacapas deja de aparecerse. Akaki
puede descansar siendo no ya una copia de sí mismo, sino un hombre nuevo
—bueno, digamos su fantasma— que se ha rebelado contra el poder y la injusticia
y se ha desprendido de la culpa (ese pecado original
que todos copiamos).
Quien
no puede descansar es ese otro fantasma, siempre bien encarnado en un hombre
alto y fuerte y con bigotes, con un puño que cualquier hombre vivo envidiaría,
que siempre se replica, y se pierde en la noche para acabar provocando la
perdición de hombres bajitos e insignificantes como Akaki Akákievich, pobres gentes ultrajadas que sólo pueden
replicar ante el mal: «Déjenme. ¿Por qué me tratan así?», y cuyas palabras nos
emocionan y conmueven hasta el punto de que no podemos sino exclamar «¡Soy
hermano tuyo!»
***
Pedro Galván Magro, 7 de mayo de 2013
[1] El capote, Nicolái V. Gógol, Anaya, Col. Tus libros nº 85, Anaya, Salamanca, 1989.
Traducción de Isabel Vicente.
[2] Esta predeterminación —tan propia de los pícaros— nos recuerda a
Lázaro de Tormes, cuyo primer acto de ascensión social fue conseguir sus
primeros zapatos. Es curioso que cuando Lázaro quiere luego ascender
socialmente para parecer un “hombre de bien”, imitando al escudero, una de las
primeras cosas que se compra es una vieja capa.
[3] No es verdad que nadie
se interesara por él, al menos tras su muerte. Ahí queda la memoria —que
flojea, es cierto— del narrador, la empatía de los lectores, y sobre todo uno
de ellos: Kafka. Pues seguramente Kafka se vio él mismo representado en Akaki
(incluso en la paronomasia de los nombres), y quizá fue la inspiración para su
personaje de Gregor Samsa en La
metamorfosis. Kafka sería «uno de esos naturalistas que no pierden
oportunidad de ensartar cualquier mosca común en un alfiler para observarla por
el microscopio», pero que se sirve de la mosca más inmediata: de ellos mismos.
Convierte a Gregor en insecto para aplicar sobre sí mismo su ojo. Gregor es un
insecto insignificante como Akaki, de quien nos decía el narrador que «los
ordenanzas no es que se levantaran a su paso: es que ni siquiera lo miraban,
como si fuese una simple mosca la que cruzaba la antesala». Muchos son los
puntos en común entre los dos personajes —y muchos son los ya observados por la
crítica—. Es necesario doblarse, desnaturalizarse
uno mismo, porque, si tal como dice el narrador de El capote, «nadie puede penetrar en el alma de una persona para
saber lo que piensa», ninguna alma es más inescrutable que la propia. Como
apunta Dostoievski, en su Diario de un
escritor (hablando de cómo los europeos, en sus prejuicios, se imaginan una
Rusia insignificante), don Quijote
(otro hombre insignificante que decidió
volverse significante) «para salvar
la “verdad” imaginó personas con cuerpo de babosa». Es lo que don Quijote y
Akaki enseñaron a Kafka: a imaginar personas con cuerpo de Gregor Samsa.
[4] Este puede ser el
referente del narrador y personaje de
Bartleby el escribiente de Herman
Melville. Imaginemos, sólo imaginemos, por un momento que el narrador de El capote —de ya menguada memoria—,
remordido por la conciencia quisiera descargarla llevando a cabo una justicia
poética: concediéndole a Akaki la posibilidad de venganza justiciera para que
pudiera recobrar su capote al mismo tiempo que el ofensor cumple su penitencia.
El narrador de Bartleby, que no es
otro que su benévolo jefe, de alguna manera también realiza en su
hipócrita narración un descargo de conciencia. Y no otra cosa es Bartleby que
un Akaki que, sin embargo, renuncia a serlo, que se niega a ser copista, o sea,
una copia más dentro de un sistema alienante (y alineante) que nos trata como
tal: de ahí el «preferiría no hacerlo» de Bartleby, que no se resigna a ser un
hombre insignificante.
lunes, 27 de mayo de 2013
REFLEXIONES SOBRE LA HISTORIA, LA MEMORIA Y LA LITERATURA
REFLEXIONES
A VUELAPLUMA SOBRE LA HISTORIA, LA MEMORIA Y LA LITERATURA.
La Historia no es la memoria de los hechos, es la codificación de los mismos. Las señales que conforman el código son múltiples: documentos, archivos, imágenes, monumentos, crónicas (historia de la Historia), contabilidades... Toda señal es signo, y todo signo contiene un significado, como tal interpretable. Por eso la Historia es manipulable.
A veces la falta de los signos, de las
señales de la Historia, se suple o complementa con la memoria histórica.
Durante la Edad Media peninsular, la memoria histórica de “la España perdida”
por la invasión árabe alimentó generaciones enteras: la memoria histórica fue
un verdadero motor para la Reconquista. ¿Cómo pudo perdurar esa memoria durante
siglos? Porque el tiempo al que hacía referencia no se consideraba cerrado
hasta que, completándose el círculo, lo perdido volvió a ser recuperado. Cuando
la Reconquista ya era prácticamente un hecho, la Historia también fue
reconquistando el lugar de la memoria, y lo que aún persistió de ésta no fue ya
sino su leyenda.
En
este curso de Filosofía y literatura nos hemos centrado en nuestro tiempo, un
tiempo cuyo aspecto también es aún imperfectivo. Señala Carlos Thiebaut que el
pasado está abierto y por tanto se puede rescribir; en efecto, hasta que la
Historia en cierto modo lo fosiliza. Cuanto mayor es la pérdida de la memoria,
paradójicamente mayor es la ganancia de la Historia. Ocurre que a veces la
Historia se da prisa en escribirse, porque ha de servir de justificación al
tiempo histórico y a sus hechos; pero en esos casos su construcción se levanta
sobre cimientos poco profundos, de manera que la memoria puede actuar como
elemento demoledor. Un caso ejemplar es el de nuestra Guerra Civil del 36. Tras
ésta, la Historia se escribió, de una manera u otra, en letras de bronce o
grabadas en mármol. Sin embargo, sobre su escritura actuó desde el principio el
óxido corrosivo de la memoria, lo que impidió una fosilización perenne. Una memoria
histórica subyacente estaba inscrita en las mentes de los que vivieron y
sufrieron la contienda: una memoria mayoritariamente silenciosa, y no sólo por
el temor a posibles represalias, pues también afectó en gran parte a los
“vencedores”. Los que hemos vivido en pueblos pequeños sabíamos que el tema de
la guerra, y quizá aún más el de la postguerra,
era, en el ágora, tabú (algo que hemos confirmado en nuestras
conversaciones adultas con compañeros de distinta procedencia), si bien en los
ámbitos privados no necesariamente hubo de ser así. Nada se había olvidado, lo que
ocurría era que no se quería rememorar, es decir, significar, convertir
la memoria en signo y darle un significado a lo que a todas luces se entendía
generalmente como un sinsentido. Era una forma, al fin y al cabo, de negar la
Historia oficial, aquella a la que se había dotado de sentido con signos y
símbolos.
![]() |
| Niños jugando a los fusilamientos durante la Guerra Civil |
La
Historia inacabada o no cerrada, por escribirse en un tiempo en que aún no ha
ocupado el lugar de la memoria o se ha asimilado a ésta, podemos llamarla
Historia imperfecta (o, si se quiere, imperfectiva, en analogía
con lo escrito en un tiempo verbal con aspecto imperfectivo).
Ahora
que en nuestros días, en España, esa Historia que se intentó consolidar,
fosilizar al cabo de los años, dado su carácter incierto, se quiere
rescribir (pues sigue estando abierta, imperfecta), se pretende hacerlo
con el material de la memoria histórica, dotando a ésta del rasgo de
señal histórica, y, por tanto, como elemento del código de una nueva Historia;
esto implica que pueda así rescribirse, y siempre —recordemos— interpretarse,
mientras no se fosilice del todo (la memoria en la Historia, como el insecto en
el ámbar). Ello no es algo necesariamente negativo en una sociedad madura y
libre que sea capaz de absorber las distintas memorias (incluso una memoria
está configurada de memorias); pero mucho nos tememos que la nuestra no lo es.
Y una prueba evidente de ello es que se niega tanto a los historiadores que
reivindican “una” memoria histórica como a aquellos que revisionan
“otra”. Una nueva guerra civil incruenta de memorias. Además, la
judicialización y administración de la memoria convierte a ésta en hechos de
memoria, no en memoria de los hechos; siendo hechos se buscan culpables
y víctimas, testigos, condenas y se administra el proceso... ¡Qué pinta, por
ejemplo, un juez —casi tres cuartos de siglo después— abriendo una
investigación sobre las fosas del franquismo! Lo mismo que pintaría otro
enjuiciando las persecuciones estalinianas al POUM o los fusilamientos de
Paracuellos.
Estamos
ante la memoria de esos hechos, no ante los hechos mismos. La memoria histórica
vuelve al pasado y cree estar presente de ese modo en el pasado mismo y,
en consecuencia, puede sentir la tentación de manipularlo o rescribirlo, para
significarse como Historia. Sin prejuicios ni juicios históricos, pasado el
tiempo, la disociación entre hecho y memoria debería permitir a una sociedad la
serena rehabilitación tanto de lo primero como de lo segundo. La sociedad
civil, apoyada —no dirigida— por las instituciones es la que ha de promover la recuperación de
los muertos de las fosas, la necesaria reivindicación de la dignidad de las
víctimas, la aclaración de sucesos siniestros... debe contribuir al Memorial
de memorias colectivo y civil que ha quedar como hito de la Historia. Necesitamos
una sociedad capaz de vincular otra vez la memoria a los hechos para,
inversamente, poder devolver a los hechos la rememoración, libre de culpas y
rencores, que permita la construcción de una Historia sin gusanos ni termitas
que la devoren, una Historia que permita conformarse como un solo signo con un
solo sentido: el del horror que no hemos de volver a repetir. No hay que tener
miedo a la memoria ni a las revisiones, sino a los hechos. El problema es que,
si se instrumentaliza la memoria para rehacer los hechos, podemos perder
la memoria de los hechos reales y volver a repetirlos. Sería la historia de
nunca acabar.
El silencio
de la memoria y su posterior “recuerdo” (más o menos significativo) no es
privativo de España. Alemania es un caso bastante semejante. Tras la Segunda
Guerra Mundial los supervivientes alemanes hubieron de aceptar —entonando el mea
culpa o no— una Historia que ellos no habían escrito, aunque sí
protagonizado: la Historia de los aliados vencedores. Los alemanes asumieron esa
Historia (rubricada con los procesos de Nuremberg) mientras enterraban en las
ruinas los hechos y, en lo posible, su memoria (y tampoco sólo por temor).
Hechos y memoria estaban aún bastante asociados. Y mientras ambos lo estuvieron
los sentimientos de culpa y victimización también estuvieron coligados. Los
alemanes de la guerra se sentían al mismo tiempo culpables y víctimas. Por eso
incluso alemanes que participaron, dentro de la tipificación de Nuremberg, en
crímenes de guerra, ni siquiera se habían molestado en ocultar sus identidades.
Convivían con sus vecinos bajo un mismo manto de silencio que ocultaba la
rememoración. Cuando la disociación se produjo en las generaciones siguientes,
entonces la memoria histórica exigió ser memoria de la Historia, y ser
algo más que signo: señal que señaliza a los culpables: la generación de los
padres. Los procesos de Frankfurt en los
años 60 fueron una muestra de ello. Alemania se juzgó a sí misma culpable. Esa
judicialización era necesaria, pues para la víctimas hechos y memoria seguían
unidos, y era necesaria una reparación que permitiera al fin separarlos
para su superación. El problema alemán —y europeo, pues Europa no se ha
cuestionado nunca sus guerras, sí la de los demás— es que, al declararse
culpable y renegar del sentimiento alternativo de víctima, también judicializa
(¡casi siete décadas después!) cualquier “revisionismo” (para utilizar el
término asumido) de la memoria histórica o de la Historia misma.
Alemania ha querido acelerar la fosilización de su Historia sin haber
significado definitivamente su memoria histórica, debido a lo cual aquella no
ha quedado bien cerrada en un tiempo perfectivo. Ejemplo de ello son los
procesos contra revisionistas alemanes o la polémica desencadenada a partir de
la publicación de El incendio, del nada sospechoso de negacionismo
Jörg Friedrich.
![]() |
| Matanza de Lidice (Checoslovaquia), en junio de 1942 |
Las sociedades traumatizadas
no asumen fácilmente desligarse de unos hechos que se han fosilizado pronto y
mal desde una sola perspectiva histórica y que han redireccionado —o contaminado
si queremos a posteriori— la memoria de los mismos. Basta mencionar las
críticas feroces que recibió Hanna Arendt en Israel cuando, como cronista del
proceso contra Eichmann, publicó Eichmann en Jerusalén, y evidenció la
responsabilidad de los Consejos Judíos en el Holocausto.
Un intento
de trascender la dualidad conflictiva entre Historia imperfecta y memoria
histórica puede ser una tercera vía: la literatura. Una literatura que se
consagra a la historia de la memoria. La historia de la memoria en
sí misma es un ejercicio ficcional y estructural. Con los retazos de la memoria
(el cúmulo de vivencias, experiencias, conocimientos de las Historias y
de la memoria histórica...) es posible entretejer la historia de la
misma, es decir, el relato de la memoria, tanto de la memoria
histórica como de la memoria de la Historia, desde la perspectiva
del narrador de la memoria (con todas sus posibilidades). En su condición de
relato de la memoria es donde la literatura puede suplir el “sentido
unidireccional” de la Historia (sea cual sea, perfecta o imperfecta)
y el “sinsentido” de la memoria histórica que quiere equipararse a memoria de
la Historia para así poder significarse. La literatura pretende en muchas
ocasiones su propia descodificación de la realidad mediante una codificación de
lo ficcional. Como señala Jacques Rancière
en El reparto de lo sensible. Estética y política: «Lo real debe
ser ficcionado para ser pensado». El signo literario, dado su carácter
polisémico y connotativo, puede superar los “sentidos unidereccionales”y los
“sinsentidos” fragmentarios. El signo literario permite, no reinterpretar ni
revisionar, sino interpretar y visionar los hechos sin apechugar con ellos.
Tiene esta ventaja: vencer la resistencia de la “eticidad”. La literatura (en
mayor medida que el cine, la pintura, la fotografía u otras artes) no implica
una ética interna (y, tal vez, ni siquiera externa). Es cierto que la confusión
de ética y moral ha provocado procesos famosos. ¿Quién condenaría moralmente
hoy a Emma Bovary?, ¿quién a Madame Bovary o al propio Flaubert? Las
flores del mal pueden crecer libremente (todavía) en los jardines de
Occidente, si bien, en otros lugares más exóticos es más peligroso que la
siembra de opio (baste recordar el caso de Los versos satánicos de
Salman Rushdie). Que no implique una ética (de autor o de obra) no nos exime de
la discusión sobre su posible necesidad; un caso significativo es la polémica
en Francia sobre si se debería conmemorar el 50 aniversario de la muerte de
Louis Ferdinand Céline el mes de julio de 2011.
No se trata
de narrar la Historia al modo de la novela histórica. Ésta lo que pretende es
simular la Historia perfecta: un simulacro híbrido entre lo ficcional y
lo histórico. El simulacro suplanta a la Historia cerrada mediante un relato
que quiere liberarla, resolverla imperfectivamente. Sobre todo con el
recurso de la impresión de veracidad histórica más que de realidad, desea
narrar lo que pudo ser porque nos gustaría que así fuese. No se
crea la Historia, se recrea en cartón piedra, se reinventa de algún modo para
dar la sensación de veracidad; dicho de otro modo, se trata de ponerle hojas
verdes de plástico al árbol fosilizado para que parezca el árbol de la vida, de
liberar el insecto del ámbar; para dotarlos de nuevos significados y sentidos.
No es extraño que el Romanticismo desarrollase la novela histórica: el
romántico (a su manera racional) gusta de encontrar sentido al sinsentido,
aunque el sentido sea el propio sinsentido de las cosas. La Historia se
subjetiviza, y ya sean los individuos o los pueblos, se protagoniza. El
romántico aspira a ser el protagonista de la Historia igualmente que lo es en
cuanto a la Naturaleza, con la intención de lograr el anhelo de vida y libertad
plenas. Para el románrico sólo lo imperfecto es perfecto, por eso crea
monstruos con retazos de vida. La novela histórica es el monstruo de
Frankestein de la literatura, al mismo tiempo tan vivo y tan muerto. En nuestro
tiempo, tan imperfectivo en la mente de las gentes, ahora que el fin
de la Historia queda otra vez lejano, este género cobra nueva vida en
formas no menos monstruosas (en el sentido de ir contra el orden regular no ya
de la naturaleza, sino de la Historia). Creo también que la novela histórica es
igualmente un intento de dotar a la Historia de memoria, y, en consecuencia, de
identidad (otra pretensión tan romántica y moderna); el problema es que el monstruo
no se recuerda a sí mismo, sino a los muertos de que se compone. Por eso la
novela histórica raramente rebasa sus límites genéricos. El sueño de la
Historia produce monstruos de poco recorrido.
Tampoco nos
referimos a la narración de la intrahistoria al modo realista y
noventayochista. Podemos crear personajes intrahistóricos que, en el entramado
histórico imperfecto, nos permita seguir el hilo de los hechos de la
Historia perfecta, como Galdós en sus Episodios Nacionales.
Meterse en la Historia, como un viaje en el tiempo, no es otra cosa que un
vivir para contarlo: en cierto modo una memoria de la Historia también
reinventada y rescrita. Eso es novelar la historia de la Historia. En cierto
modo lo que propone —con distinta intención— García Márquez en Los funerales
de Mamá Grande: «Es hora de contar los pormenores de esta conmoción
nacional antes de que lleguen los historiadores.» En la intrahistoria se relata
el tiempo de vida del insecto atrapado en el ámbar de la Historia. Creemos
entender la memoria de la Historia perfecta, pero lo que en realidad se
significa es la memoria de la memoria imperfecta de la Historia.
A lo que
nos estamos refiriendo al hablar de la literatura como historia de la
memoria es al relato que trata no de contar, reinventar o rememorar la
Historia perfecta, sino la percepción imperfecta que tenemos de
ella en el tiempo de nuestra memoria. La historia de la memoria no es absoluta
ni cerrada, porque la memoria nunca lo es; es selectiva, parcial y
fragmentaria, sin una identidad claramente definida, imperfecta. Exige
una narración múltiple, muchas veces diversa, a veces colectiva, repetitiva,
contradictoria, dudosa e incierta. Así es la literatura moderna, y así
es la historia de la memoria moderna. Todo ello intensificado cuando la
historia de la memoria se conforma como signo y relato de tiempos terribles.
Algo así es lo que han pretendido —fallidamente en parte— obras sobre la Guerra
Civil o la posguerra como Soldados de Salamina, de Javier Cercas, o, de
otro modo más puramente ficcional, Los girasoles ciegos de Alberto
Méndez. Es lo que podemos encontrar en diversos textos literarios europeos
marcados por la Segunda Guerra Mundial o sus efectos (recordemos, por ejemplo,
algunas obras de W. G. Sebald; A paso de cangrejo, de Günter Grass; o
desde otros supuestos Vida y destino de Vasilii Grosman). La historia no
la percibimos en el envés de su entramado intrahistórico imperfecto, ni
en el tapiz histórico perfecto, sino en la impresión —imperfecta
como tal— que queda en nuestra memoria del propio tapiz. No novelamos ni lo que
desearíamos que fuese nuestra memoria histórica, ni la historia de la Historia;
nuestra pretensión es relatar nuestra historia de la memoria de la
Historia. Nos hemos olvidado realmente del insecto y del ámbar:
relatamos nuestra historia, esa triste historia en que tenemos la
impresión de que nuestra memoria nos acabará recordando que somos el insecto
que cae en la trampa del ámbar. Olvidamos la Historia perfecta para
recordar la historia imperfecta de la memoria que, en busca del pasado,
siempre avanza hacia el futuro: para poder recordar o rememorar necesitamos
futuro; en la historia está el pasado, en la memoria el futuro.
Sin embargo, no pensemos que la
historia de la memoria siempre se ha formulado modernamente. La
Ilíada de Homero no es Historia, no es intrahistoria, no es novela
histórica, no es memoria de la Historia (pues no trata de recomponer
significativamente la Historia a través de la memoria de los hechos), es, si se
me permite, también historia de la memoria; pero una historia perfecta
de la memoria. El relato homérico intenta historiar la memoria que debe guardar
el futuro perfecto de los aqueos, no el pasado; es la historia de la
memoria cierta que debe prevalecer. Algunos de los cantares de gesta
medievales tienen una función semejante: el Cantar de Mío Cid no trata
únicamente de ensalzar las virtudes del héroe Rodrigo Díaz de Vivar, sino de
generar un sentimiento de heroicidad en Castilla, y sobre todo —he ahí la carga
ideológica perfecta y futura de todo su extenso relato ficcional—
prevenir a los castellanos (sin mucho éxito, indudablemente) contra la rancia
nobleza leonesa, que traicionaría los modos de vida y organización del antiguo
condado en cuanto se consumase la unión, en analogía con la afrenta de Corpes.
Y hablando del condado de Castilla, el Poema de Fernán González, ¿acaso
no es una historia perfecta de la memoria mesiánica del personaje que se
confunde y asimila con la de su pueblo? Son obras encaminadas al futuro, más
que al pasado.
Más arriba hemos mencionado la no
necesaria eticidad expresa de la literatura. Gracias a ello, sin escandalizarnos,
podemos ampliar las perspectivas de las distintas historias de la memoria. El
silencio es cómplice del pasado cuando nos impide hablar para el futuro. La
historia de la memoria puede significar la literatura del daño, porque
no está presa del pasado (aunque pueda estarlo del futuro); así puede encontrar
su libre expresión, en un lenguaje no atado al horror, aunque sí entintado por
él. El lenguaje ya no está fosilizado tampoco y, por tanto, tampoco el
pensamiento. Günter Grass escribe en su obra citada más arriba: «Nunca
deberíamos haber silenciado este sufrimiento [el del pueblo alemán durante la
Segunda Guerra Mundial] solo por el hecho de que nuestra culpa era omnipresente
y nuestros lamentos ocuparon todos esos años, mientras dejábamos que la
ultraderecha se apropiara de esa realidad». Cuando Borges, al
poco de terminar la Guerra Mundial, y seguramente con motivo del proceso de
Nuremberg, se adentró en la mente del nazi —hombre cultísimo y sensible— Otto
Dietrich zur Linde (“Deutsches Requiem”, en El Aleph, 1949), realizó en
su relato un ejercicio de comprensión desde dentro, que a los lectores les
pudiera servir como historia de la memoria del sinsentido nazi: Otto, que va a
ser fusilado al amanecer, relata la historia de su memoria —si bien con una
intención justificativa— y declara: «No pretendo ser
perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes
sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del
mundo.» Este relato sin duda anticipó novelas como la del escritor
francés Jonathan Littell, Las benévolas, las memorias de un oficial de
las SS. Lo que queda de esas obras no es la Historia ni su memoria, sino la
historia de nuestra memoria sobre ella: el relato que puede dar sentido
a los sinsentidos sin obcecarse en la unidireccionalidad ni en el revisionismo
ni en la moralidad (la ética siempre está implícita).
Una literatura que quiera
comprender sin obligar a la comprensión, una literatura que no supone ni impone
una visión del pasado, sino que propone una visión del futuro. Ahí estaríamos
tentando la posibilidad de la literatura de previsión, como la de Kafka,
pero eso es materia para otra reflexión. Dejemos que Gregorio Samsa sea todavía
un insecto fuera de la gota de ámbar.
Pedro Galván Magro, 28 de marzo de 2011
TRABAJO PARA EL CURSO DE FILOSOFÍA Y LITERATURA (28 DE
FEBRERO AL 29 DE MARZO DE 2011). Curso impartido por Carlos Thiebaut,
Alfredo Kramarz, Alberto Sebastián Lago, Alberto Murcia y Gregorio Saravia
(Universidad Carlos III de Madrid)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























